domingo, 23 de noviembre de 2025

El Fiscal General, condenado


Este pasado jueves se hizo pública una de las noticias del año y, probablemente, una de las más importantes de la historia reciente de España: el Tribunal Supremo condenaba al Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, a dos años de inhabilitación (lo que supone su destitución inmediata como máxima autoridad del Ministerio Fiscal), a indemnizar con 10.000 euros a la pareja de Isabel Díaz Ayuso, Alberto González Amador, por daños morales, así como al pago de una multa de algo más de 7.000 euros en un fallo judicial sin precedentes que condena al hasta ahora Fiscal General del Estado por un delito de revelación de datos reservados mientras ejercía como alto representante del Ministerio Fiscal. 

Esta condena, la cual, insisto, no deja de ser histórica, puede suponer, a su vez, pan para hoy y hambre para mañana. ¿Por qué llego a esta conclusión? vayamos por partes. Las reacciones del gobierno y de todos los grupos de izquierdas han sido unánimes: el Tribunal Supremo ha dado un golpe de Estado judicial contra el gobierno y contra la propia Fiscalía al condenar al Fiscal General del Estado. 

Este fallo judicial, cuyo contenido condenatorio no esperaba el gobierno socialista de Pedro Sánchez, supone un duro revés para el PSOE y para el propio Pedro Sánchez, ya que el presidente del gobierno ha puesto en todo momento la mano en el fuego por su Fiscal General, ha hecho de este juicio un pleito contra él mismo y ha reiterado una y otra vez que el Supremo dictaminaría una sentencia favorable hacia García Ortiz. 

Como se puede ver, esto último no ha ocurrido, lo cual nos lleva al escenario que estamos presenciando desde el jueves pasado: un ataque sin precedentes por parte del gobierno, de los partidos izquierdistas y de los medios de comunicación favorables a éstos hacia el Tribunal Supremo y, prácticamente, hacia la mayoría del Poder Judicial. Términos como "golpistas", "fascistas", "políticos con toga", "inquisidores", "lawfare" o "indecentes" han sido algunos de los muchos descalificativos que los Magistrados del Tribunal Supremo han recibido en estos días como consecuencia del polémico fallo judicial. 

Pero la cosa no acaba aquí, ya que incluso se han fundido rumores en estos días donde, según parece, desde el PSOE y otros partidos de izquierdas estarían enviando Whatssaps con el objetivo de que sus votantes se manifiesten y protesten delante de la sede del Tribunal Supremo. Una especie de "pásalo", como ya ocurrió en 2004 contra las sedes del PP tras los atentados terroristas del 11-M pero en una nueva versión y cuyo objetivo sería ahora el Poder Judicial. 

Cuando estamos ya a día 23 de noviembre, dichas protestas no se han producido aún, pero nada exime de que éstas no vayan a producirse más pronto que tarde. De hecho en el día de ayer, la vicepresidenta Yolanda Díaz ha llamado a la izquierda a movilizarse frente a los, según ella, "togados reaccionarios". Y para colmo, los medios de comunicación favorables al PP y a VOX hablan de una victoria del Estado de Derecho frente al totalitarismo autocrático que representa Pedro Sánchez junto a todos sus secuaces.

Dicho esto debo añadir que no se puede ser más imbécil que aquellos que están lanzando estos vítores. No hay ninguna victoria por parte del Estado de Derecho contra la autocracia de Sánchez. Ya dije en una entrada publicada este mismo mes que fuese cual fuese el fallo judicial, la reputación y el nombre del Ministerio Fiscal, y con ello el de todo el Estado de Derecho en España quedaría estigmatizado por este juicio. Si hubiese habido un fallo en favor de García Ortiz, el daño sería tan inmenso como el que se ha producido.

¿Por qué? Por la sencilla razón de que un Fiscal General del Estado, cuyas funciones son las de velar por la independencia judicial, así como por el interés público, no puede bajo ningún concepto sentarse aún en el banquillo como máximo representante del Ministerio Fiscal, ya que dicha imagen daña de forma irreversible no solo al Poder Judicial sino al propio Estado de Derecho y al ya agónico sistema constitucional de 1978. Habrá quienes digan "pero afortunadamente ha sido condenado" Sí, pero ello no exime que la imagen del Estado de Derecho quede arrasada, con independencia del fallo proveniente del Supremo. 

Los Magistrados han cumplido con su deber, como debía ser, pero ello no excusa que la imagen institucional de la Justicia y de la Fiscalía hayan salido heridas de muerte cuando el máximo representante del Ministerio Fiscal ha filtrado datos personales de un anónimo como consecuencia de que ese anónimo es pareja de una adversaria política del gobierno, en este caso Isabel Díaz Ayuso. Si esto lo hace la Fiscalía con la pareja de, en este caso, la presidenta de una Comunidad Autónoma ¿Qué no hará con cualquier otro ciudadano, ya sea anónimo o personaje público? 

En el caso que nos ocupa hablamos ya de sucesos en los que se persigue, por parte de la Fiscalía, a opositores políticos o a familiares de éstos; y todo por ordenes provenientes del gobierno, lo cual es propio de un sistema totalitario o dictatorial. Álvaro García Ortiz ha sido pues la cabeza de turco que ha pagado, como Fiscal General que era, la filtración ilegal de los datos privados del novio de Ayuso, pero todos sabemos que las órdenes que recibió para que dichos datos se filtrasen provenían de Moncloa, y ahí García Ortiz ha sabido ser leal, sumiso y discreto con Pedro Sánchez.

Volviendo al fallo, insisto, los Magistrados del Supremo han hecho bien su trabajo y les felicito por ello. Pero del mismo modo que el fallo ha sido desfavorable hacia Álvaro García Ortiz, podría haber sido perfectamente favorable, y más cuando desde el propio gobierno se ha presionado sin éxito a los miembros del Poder Judicial (en este caso a los Magistrados del Tribunal Supremo) para que absolviesen al Fiscal General, lo cual empeora aún más el escenario. 

Todo ello mientras el ejecutivo alardeaba que todo se trataba de "una caza de brujas", "lawfare" o "bulos ultraderechistas". Ahora, tras el fallo, el gobierno no solo no se ha quedado callado sino que ha salido en defensa del propio Fiscal General alegando que no comparten dicha sentencia, que García Ortiz es inocente y que el Poder Judicial está politizado. Una lucha institucional sin precedentes entre el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial que veremos hasta dónde llega. Lo que está claro en estos momentos es que la guerra entre el gobierno y la Justicia ha comenzado y no tiene vuelta atrás.

Pero volviendo a lo que expuse al principio, reitero de nuevo en que todo esto puede quedar en nada. ¿Los motivos? García Ortiz puede recurrir la sentencia, e incluso elevarla, como ya hicieran con éxito hace unos meses Manuel Chaves, José Antonio Griñán y toda la pandilla de los ERE de Andalucía, al Tribunal Constitucional, compuesto mayoritariamente por Magistrados en favor del gobierno y, por ende, de la izquierda española. En el momento en el que García Ortiz presente un recurso ante el Tribunal Constitucional, podemos dar por hecho de forma anticipada que el fallo de dicho Tribunal será favorable hacia el condenado. 

¿Qué ocurrirá entonces? Que con ello se suspenderá el fallo dictaminado por el Supremo a través de un Tribunal cuyas competencias no son en absoluto las de absolver o inculpar a ningún ciudadano por hechos que deben de ser juzgados y dictaminados por la justicia ordinaria, no por un Tribunal cuya única función es la de interpretar y velar por la Constitución, el cual no forma parte además del Poder Judicial. 

Eso, obviamente, es la teoría que establece el Derecho español y la Constitución, pero en la España de Sánchez todo es susceptible de ser invertido. De esta forma, si este escenario se cumpliese, estaríamos ante dos escenarios devastadores. El primero, el de la condena al Fiscal General del Estado, el cual es un escenario justo pero a la vez devastador para el Estado de Derecho, y el segundo ese hipotético recurso de García Ortiz ante el Constitucional, el cual le daría con toda probabilidad la razón a éste, dando con ello un nuevo golpe mortal a la ya devastadora situación política, judicial y social que vive el país. 

Pase lo que pase, es seguro que nada va a quedarse así. Ni el gobierno se va a quedar de brazos cruzados, ni Álvaro García Ortiz va a resignarse con la sentencia del Supremo. La izquierda ha prometido dar la batalla contra el Poder Judicial y en los próximos días o semanas veremos hasta dónde escala ese conflicto político-judicial. Un conflicto que empeorará la ya agónica situación que atraviesa España y en la que se encuentran de por medio los escándalos de corrupción y los informes de la UCO, los cuales tienen cada vez más arrinconados al gobierno del PSOE y a todos sus socios parlamentarios. 

Hay quienes dicen que esta sentencia contra el Fiscal General ha sido un duro revés contra Sánchez, el cual, aseguran, está en shock por un fallo judicial que él no esperaba. Hay, incluso, quienes aseguran que ya no descartan nada, ni siquiera un adelanto electoral. Si alguien a estas alturas piensa que con toda la mierda en la que está el gobierno inmerso, Sánchez va a suicidarse políticamente convocando unas elecciones en las que, según las encuestas, se llevaría un batacazo histórico, no saben después de once años quién es Pedro Sánchez.

El gobierno, y la izquierda en general, aprovecharán para rodear las sedes judiciales, e incluso el Tribunal Supremo, y exigirán que sus votantes salgan a las calles para protestar contra el Poder Judicial. Sinceramente, no sé cuándo podrá ocurrir esto, pero acabará pasando tarde o temprano. Dicho esto, debo reconocer que si hay algo que admiro de la izquierda española es su forma de polarizar y de llamar a las calles a la gente para que vayan a por todas contra quienes ellos consideran "un peligro que hay que erradicar". 

Todo un discurso totalitario y sectario (lo que es realmente la izquierda) pero que tiene su efecto tanto en España como en otras partes del mundo. La propaganda y la movilización izquierdista es pues inigualable, y de todo ello todavía no se han enterado los partidos inútiles y deplorables de la derecha española, los cuales consideran que la izquierda les entregará el poder sin dejarse antes la piel en el camino.

Volviendo a Pedro Sánchez insisto en que este revés del Tribunal Supremo, con independencia de cuál sea el fin de este asunto (si se recurre o no ante el Constitucional), ha provocado que Sánchez se atornille más fuerte que nunca en la Moncloa ante el temor de que todos los casos que afectan a su mujer, Begoña Gómez, a su hermano, David Sánchez, así como a todos los miembros de la trama de corrupción que salpica al PSOE: José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Koldo García, etc, tengan el mismo final que ha tenido, al menos en el Supremo, el caso del Fiscal General del Estado. 

Sánchez sabe que, ahora más que nunca, es cuando debe permanecer en el poder a toda costa para autoprotegerse. Si eso conlleva ir a un choque contra el Poder Judicial e incendiar las calles, así será; si ello conlleva ir a una situación de bloqueo y de crisis institucional que acabe llevándose a gran parte del aparato del Estado por delante, bienvenido sea. Sánchez está más decidido que nunca de ir a por todas y nada ni nadie lo va a detener. 

Su expulsión del liderazgo del PSOE en 2016 será una broma con respecto a la forma en que, con independencia del tiempo, salga del gobierno en su día. Como dice la Ley de Murphy, de la cual soy un gran fan, "toda situación, por muy mala que sea, es susceptible de empeorar". Eso es precisamente lo que va a ocurrir a partir de ahora. La batalla final del sanchismo ha comenzado.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Cincuenta años de la llegada de Juan Carlos I


Si hace un par de días escribí sobre los cincuenta años del fallecimiento de Francisco Franco, hoy, 22 de noviembre de 2025, escribo sobre el acontecimiento histórico que tuvo lugar en esta misma jornada hace cincuenta años: la proclamación como rey de Juan Carlos I y con ello el regreso de los Borbones al trono de España cuarenta y cuatro años después de la salida abrupta del país de Alfonso XIII y la familia real tras la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931.

Medio siglo nos separa pues del momento en el que Juan Carlos de Borbón se convirtió en rey de España. Hoy, el propio Juan Carlos lleva ya once años como ex rey (o rey emérito, como queramos llamarlo) y cinco exiliado en Abu Dabi como consecuencia de los constantes escándalos que de una década hasta ahora vienen salpicando a la familia real española. La misma familia real que durante los cuarenta años que Juan Carlos I fue rey de España era intocable para la prensa y apenas teníamos los españoles información sobre los escándalos y la corrupción que se originaban en el Palacio de la Zarzuela. 

Personalmente debo decir que, como ya he añadido en múltiples ocasiones, soy republicano. En mi adolescencia sí era monárquico, ya que dentro de mi ingenuidad juvenil y mi corta edad creía que un rey neutral por encima del poder político era lo mejor que podía ocurrir, ya que el rey podría intervenir si el gobierno, con independencia del partido político que estuviese, se pasaba de los límites que establecía la Ley. 

Eran los últimos años de Aznar y los primeros de Zapatero en el gobierno y pensaba que el rey podía intervenir si el gobierno "se pasaba de la raya" (Guerra de Irak, Estatuto de Cataluña, Ley de Memoria Histórica, proceso de negociones con ETA, etc). Para mi sorpresa me fui dando cuenta con el tiempo que a pesar de que el gobierno se sobrepasaba la línea de lo permitido, el rey no era más que una figura decorativa, la cual no tenía potestad para decir u hacer nada, aunque la situación nacional estuviese en el límite. El caso Noos lo cambió todo y fue cuando practicamente me di cuenta que era más valioso un presidente de la República con funciones ejecutivas, con independencia de su ideología política, que un monarca decorativo que encabezaba una familia y una institución corrupta. 

En pleno 2025, y a mis casi 33 años, sigo pensando lo mismo e incluso mis ideas se han acentado aún más a este respecto. Dicho esto, y después de cincuenta años de la proclamación de Juan Carlos I como rey y la reinstauración de la Monarquía por parte de Franco cabe preguntarse: ¿Qué legado ha dejado realmente el rey Juan Carlos a España? Como todos sabemos ya, hace unos días se han publicado en Francia las memorias que el ahora rey emérito ha escrito con motivo de los cincuenta años de su proclamación como monarca. 

Unas memorias que no saldrán aquí en España hasta el próximo mes de diciembre, pero de cuyo contenido ya se ha hablado y mucho en nuestro país. Una de las declaraciones más controvertidas del libro, y que más críticas ha generado en España, son los elogios que Juan Carlos hace de Franco, de quien el propio ex monarca afirma que "si pude ser rey, fue gracias a él", lo cual no deja de ser verdad, a pesar de la polémica suscitada.

Dice también Juan Carlos en sus memorias que su legado y su herencia son el de haber traido la Democracia a España. Unas declaraciones que yo discrepo absolutamente, ya que como añadí en mi última entrada sobre el fallecimiento de Franco, creo firmemente que quienes trajeron e hicieron posible la llegada de la "Democracia" (si es que lo que tenemos se puede llamar así) fue precisamente el propio aparato franquista con Franco como tutor póstumo de esa llegada. 

Ya dije en mi última entrada que Franco dejó constancia en su testamento que se guardase fidelidad a Juan Carlos del mismo modo que se le había guardado a él. Franco sabía perfectamente de las intenciones de Juan Carlos y aún así dejó como última orden al aparato franquista que fuesen fieles al nuevo rey. Fue el propio franquismo y no Juan Carlos, ni Adolfo Suárez ni Torcuato Fernández Miranda quienes lideraron la Transición.

Entonces, dicho esto, cabe preguntarse nuevamente: ¿Cuál es el legado que ha dejado Juan Carlos I a España? En mi opinión, Juan Carlos de Borbón dejó en 2014 una España fragmentada, inmersa en una crisis económica, social, moral, política y territorial de la que en pleno 2025 no solo no nos hemos recuperado sino que hemos empeorado. La España feliz y próspera de la que nos hablan Juan Carlos, sus cortesanos y aquellos de su quinta nunca existió o, en el mejor de los casos, fue un espejismo. ¿Acaso España no ha ido perdiendo soberanía nacional a través de estos cincuenta años? ¿Acaso la entrada en la UE y la OTAN no ha supuesto una pérdida de soberanía progresiva interna de la cual Juan Carlos y sus sucesivos presidentes del gobierno se han enorgullecido? 

¿De qué España feliz y próspera estamos hablando? ¿De la España que él dejó en 2014, con su hija y su yernos imputados por el caso Noos? ¿De la España que en 2014 estaba ya inmersa en una polarización absoluta cuyo origen se remonta al 11-M y la llegada contra todo pronóstico de José Luis Rodríguez Zapatero? ¿De la España que en noviembre de ese mismo año, 2014, vivió el primer referéndum orquestado por los independentistas, entonces con Artur Mas a la cabeza? ¿De esa España que en 2014 vivía, y sigue viviendo aún, en un declive constante de sus instituciones y de un Estado de Derecho que se desintegra por días? ¿De esa España repleta de corrupción en todas y cada una de sus instituciones empezando, como ya he añadido, por la de su propia institución?

El legado de Juan Carlos I no se puede considerar que haya sido, ni mucho menos, ejemplar; así como tampoco lo fue su reinado desde noviembre de 1975 hasta junio de 2014. ¿Acaso fue ejemplar la conducta del rey en sus escándalos matrimoniales? y no lo digo en el sentido privado, ya que personalmente, lo que cualquier persona haga en su vida privada me importa entre cero y nada; pero sí me importan sus relaciones cuando éstas afectan a las cuentas del Estado, y sus relaciones sentimentales/sexuales con Marta Gayá, Bárbara Rey o Corinna Larsen costaron bastantes millones a las arcas públicas con tal de que éstas mantuviesen la boca cerrada. 

En el caso de Bárbara Rey ha sido, de hecho, para nada, ya que treinta años después de su chantaje a Juan Carlos, donde éste fue grabado en la misma casa de la por entonces vedette, manteniendo relaciones sexuales con ella y hablando con ésta de cuestiones políticas y familiares, finalmente ha reconocido públicamente dicha relación e incluso ha hablado de ella en un libro y en la propia televisión. 600 millones de pesetas (el dinero que el Estado pagó a Bárbara Rey por su silencio) tirados a la basura. 

Lo de Corinna Larsen es otra cuestión mucho más profunda, ya que con ella hubo una relación sentimental donde incluso el propio Juan Carlos le aseguró a Mariano Rajoy en 2012 su deseo de divorciarse de la reina Sofía y casarse con la empresaria alemana, algo que finalmente no pudo llevar a cabo, muy a su pesar. Eso sí, las comisiones y los negocios ilícitos que ambos realizaron con Juan Carlos aún en el trono, eso sí llegó a consumarse, de tal forma que Juan Carlos y Corinna, a pesar de romper su relación, tienen las espaldas bien cubiertas económicamente, sin que ese dinero haya sido declarado a Hacienda hasta la fecha. 

El reinado de Juan Carlos de Borbón no se caracterizó pues ni por la discrección ni por la ausencia de escándalos en sus casi cuarenta años en el trono. Buena prueba de ello es su controvertido papel en el 23-F y en la denominada Operación Armada. Aquella jugarreta en la que toda la clase política, encabezada por la Monarquía, pretendió hacer limpieza como consecuencia de los graves errores cometidos durante la Transición y el gobierno de Suárez. Por cierto, el mismo Suárez que hace años reconoció que no quiso en plena Transición someter a referéndum la forma de Estado porque, según él, "hacían encuestas desde el gobierno y siempre perdía la Monarquía". Muy democrático todo. 

Pero volviendo al 23-F, cuarenta y cuatro años después de aquellos acontecimientos, todavía hay personas que creen de forma ingenua que Juan Carlos nos libró aquella noche de febrero de 1981 de la llegada de una nueva dictadura militar, cuando el objetivo último del 23-F era todo lo contrario. En este caso, la idea era la de designar al mentor y mano derecha del rey, el general Alfonso Armada, como nuevo presidente de un gobierno de concentración nacional que llevase a cabo las reformas oportunas, incluyendo la Constitución de 1978, para "hacer limpieza" de los errores cometidos en los años atrás.  

Obviamente, todos sabían que el 23-F era una farsa, excepto el propio asaltante al Congreso, el teniente coronel Antonio Tejero, el cual creyó de forma ingenua que aquella operación era realmente un golpe de Estado militar y que de ahí saldría una Junta Militar encabezada por Jaime Milans del Bosch como nuevo presidente del gobierno. El resto de la historia ya la sabemos todos. 

Fue el propio Tejero el que, al conocer la trampa que le habían tendido, impidió que Armada entrase en el hemiciclo para ser investido presidente del gobierno. De esta forma fue Tejero y no Juan Carlos en su ya famoso mensaje de televisión quien abortó el golpe, que no era más que un contragolpe de Estado diseñado por el CESID con el objetivo de abortar definitivamente cualquier intento real de golpe de Estado, ya fuese por lo militar o por lo civil.

Volviendo a las memorias que Juan Carlos ha publicado, en ellas afirma que es el único español que después de cuarenta años de servicio no recibe una pensión del Estado. Debo reconocer que nuestro ex monarca es inigualable en lo que respecta a cinismo y sinvergonzonería. Que esas afirmaciones las realice el mismo ex rey que durante cuarenta años ejerciendo como Jefe del Estado fue el único español que judicialmente era inviolable, según la Constitución de 1978, es de un sarcasmo espectacular proveniente de este tipo. Un tipo que envió una carta en 1977 al Sha de Persia para pedirle diez millones de dólares para la campaña de financiación de la UCD de Suárez (incumpliendo con ello su neutralidad como rey) y cuyo dinero nunca se supo a qué bolsillo llegó realmente, tiene la desfachatez de pronunciar estas palabras. 

Un tipo que por cada barril de petróleo que se exportaba de Arabia Saudí a España cobraba un millón de euros por cada barril, tiene la caradura de atreverse a quejarse públicamente. Un tipo que después de cuarenta años como rey de España está viviendo el final de su vida en el exilio por los continuos escándalos tanto financieros como sentimentales que de unos años hasta la fecha se han publicado, tiene la poca vergüenza de quejarse de su situación económica. Un tipo que tiene cuentas millonarias en paraísos fiscales como consecuencias de esos "servicios" que él mismo se cobrabra siendo rey, tiene el descaro de poner el grito en el cielo.

Por cierto, un exilio cuyo primer interesado en que continúe allí es el rey Felipe VI, su propio hijo. Como se puede comprobar, en los genes de los Borbones está el hecho de que el hijo traicione siempre a su padre. Lo hizo Juan Carlos en julio de 1969 cuando Franco, aconsejado por su entonces vicepresidente, Luis Carrero Blanco, lo designó sucesor a título de rey, aceptando Juan Carlos dicho nombramiento y traicionando a su vez a su padre, Don Juan de Borbón, el cual era el legítimo heredero a la Corona española tras el fallecimiento de Alfonso XIII en 1941. 

Una traición que el Conde de Barcelona nunca perdonó a su hijo y que ahora está pagando el propio Juan Carlos con su hijo Felipe VI, el cual no quiere ver a su padre ni en pintura por España. Es por ello por lo que Juan Carlos ha criticado duramente a su propio hijo, así como a su nuera, Letizia Ortiz, e incluso al gobierno de Sánchez en sus memorias por este hecho mientras alega su deseo de volver por fin a España. 

Como es obvio, Felipe VI y el gobierno de Pedro Sánchez jamás permitirán el regreso de Juan Carlos I a España. El destino del ex rey parece estar ya sellado, y no es otro que el de fallecer en el extranjero, del mismo modo que en el extranjero nació en enero de 1938. Juan Carlos volverá a España, sí, pero después de su fallecimiento (Que esperemos sea dentro de muchos años), cuando su cadáver vuelva a nuestro país para recibir los honores y el funeral de Estado correspondiente al cargo que ha ostentado como Jefe del Estado. Ese es el trágico e irónico destino que a todos los reyes de España, excluyendo a Alfonso XII, le ha deparado la historia: reinar, exiliarse y morir en el extranjero. 

Por otra parte cabe añadir que si Felipe VI cree que él quedará exento de esa traición y de ese destino, está muy equivocado. No estará lejos el día en el que su propia hija lo traicione, del mismo modo que él ha traicionado a su padre y éste en su día a su abuelo. Si Leonor, llegado el momento, debe traicionar a su padre para ocupar su cargo, lo hará sin ninguna duda; del mismo modo que lo enviará al exilio si en el futuro, Felipe VI no tiene ya cabida en España y comienzan a salir escándalos sobre él que actualmente están ocultos.

En lo que a mí respecta, no puedo destacar ningún acierto de Juan Carlos I en sus casi cuatro décadas al frente de la Jefatura del Estado. Al igual que hice en mi última entrada con respecto a Franco, hablé de sus aciertos y sus errores. En el caso de Juan Carlos he mencionado muchos errores, pero no puedo, o al menos no consigo encontrar ninguna ventaja en sus largos años de reinado. 

De hecho, por errores se pueden incluso mencionar los que realizó siendo aún príncipe de España y Jefe del Estado en funciones mientras Franco agonizaba, capitulando ante Marruecos junto a Arias Navarro y entregando el Sáhara Occidental en plena Marcha Verde con el objetivo de evitar una guerra contra los marroquíes a cambio de regalar parte de nuestro territorio a un país hostil hacia España, teniendo que salir de forma urgente y amedrentada los españoles y nuestras tropas allí establecidas. 

Dicho esto, y volviendo a los posibles aciertos de Juan Carlos I, probablemente su mayor logro haya sido el de, a través de sus muchos contactos, lograr buenos acuerdos comerciales y económicos con España, lo cual no es poco, pero lo mismo que usaba sus contactos para lograr dichos acuerdos, también los utilizaba para enriquecerse ilícitamente, lo cual era, como se suele decir, desnudar a un fraile para vestir a otro. De esta forma, los pocos aciertos en política exterior de Juan Carlos I se ven ensombrecidos nuevamente por su propia corrupción. 

En lo que respecta al papel que la historia le tendrá deparado a Juan Carlos I creo que será parecido, salvando todas las distancias posibles, con el de Alfonso XII, el cual fue el artífice junto a Cánovas del Castillo del sistema de la Restauración de 1876. Juan Carlos quedará, obviamente y a pesar de lo que yo opine, como el artífice de la Transición y del denominado régimen del 78 junto a Adolfo Suárez. Un régimen que al igual que el de 1876 se descompone por momentos. Hace cien años fue Alfonso XIII el que sepultó el sistema caciquil que su padre había levantado junto a Cánovas, en esta ocasión será o bien Felipe VI o bien Leonor en un futuro quien entierre el actual sistema para dar paso a otro peor.

En el futuro, la historia hará mención también a su relación con los diferentes presidentes del gobierno que tuvo bajo su reinado, y probablemente con el tiempo se sepa más aún sobre dichas relaciones. Unas relaciones que empezaron mal con Carlos Arias Navarro, el cual se negaba a reformar nada, comenzaron extraordinariamente bien y acabaron catastróficamente mal con Adolfo Suárez, fueron respetuosas aunque frías con Leopoldo Calvo Sotelo en su breve periodo de gobierno, fueron absolutamente amistosas, tanto en lo político como en lo personal, y de apoyo mútuo entre Felipe González y él (incluso en los peores tiempos de la corrupción felipista). 

Con José María Aznar, en cambio, fueron completamente penosas y tensas, aceptables e institucionales con José Luis Rodríguez Zapatero (a pesar de ser con él cuando se comenzó a cuestionar la Transición) así como cordiales y respetuosas con Mariano Rajoy. Puede que con el tiempo sepamos más sobre dichas relaciones, y que incluso Juan Carlos ofrezca algunos detalles de ellas en su libro cuando éste llegue a España en diciembre.

Lo que sí queda claro es que, con independencia de las opiniones que cada uno tengamos de Juan Carlos I de Borbón, no hay duda de que su reinado marcó un antes y un después en la historia de España. Primero con la instauración del sistema constitucional de 1978 y el denominado Estado de las Autonomías y posteriormente tras el escenario que se abrió en España a partir de 2004, el cual dio inicio a la decadencia institucional y política, a la corrupción generalizada y al enfrentamiento social y territorial, así como a la reapertura de las viejas heridas de la Guerra Civil y a la polarización entre españoles. Cincuenta años después de su proclamación como rey, España es, a diferencia de lo que era en 1975, una nación en decadencia, y de eso tiene gran responsabilidad, aunque él no lo quiera asumir, el propio rey Juan Carlos I. Medio siglo después de aquél 22 de noviembre de 1975, será pues la historia la que lo juzgue en el futuro. 

jueves, 20 de noviembre de 2025

Cincuenta años sin Franco


Hoy, 20 de noviembre de 2025, se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Francisco Franco Bahamonde, casi con toda seguridad el personaje histórico más relevante de la historia de España en el siglo XX. Un siglo XX que no estuvo exento de personajes relevantes e incluso polémicos: Alfonso XIII, Miguel Primo de Rivera, Manuel Azaña, Francisco Largo Caballero, su propio sucesor, Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Felipe González, etc. Sin embargo, y a pesar de todo, Franco ocupa, y sigue ocupando, un lugar en primera fila tanto en la historia como en la actualidad española. 

A lo largo de estos doce años de blog he hablado muchas veces sobre la figura histórica y política de Francisco Franco, pero quizás no tanto como lo voy a realizar hoy. Y es que la ocasión no es para menos, ya que en este día que escribo esta entrada se cumplen, como acabo de decir anteriormente, medio siglo de ausencia de aquél a quien para muchos representa (o representó) lo mejor de España en muchas décadas, mientras que para otros es la personificación de los males que padece nuestro país desde hace ya casi un siglo.

En lo que a mí respecta voy a ser bastante claro. Nací en noviembre de 1992, casualmente justo un siglo después del nacimiento de Franco, el cual nació en diciembre de 1892. Cuando se produjo mi nacimiento, el Caudillo llevaba fallecido exactamente diecisiete años, los mismos que llevaba Juan Carlos I reinando y catorce años desde la promulgación de la Constitución española de 1978. 

No he vivido la II República, ni viví la Guerra Civil, ni tampoco la dictadura franquista ni los años posteriores de la denominada Transición Española. De hecho mis primeros años de vida coincidieron con la última etapa de gobierno de Felipe González. Pero el hecho de que no haya vivido los cuarenta años de gobierno de Francisco Franco, no son excusa para no tener criterio propio sobre los acontecimientos que ocuparon casi medio siglo en la historia contemporánea de España en el siglo XX.

En mi propia familia la Guerra Civil se vivió intensamente. Mientras por mi familia materna, dos de mis tíos abuelos, ambos hermanos, luchaban cada uno en un bando diferente, por parte de mi familia paterna mi bisabuelo fue fusilado por el bando nacional, su propio hijo, llevado al paredón junto a él, fue herido durante el fusilamiento, llegando a escapar tras contemplar el cadáver de su padre muerto a su lado. 

Tras conocerse que mi tío abuelo, hermano de mi abuelo paterno, había conseguido escapar, la Guardia Civil se llevó a mi tía abuela, de tan solo dieciocho años y la fusilaron, siendo rematada con un tiro en la cabeza para asegurarse que, a diferencia de su hermano, estaba muerta y no herida. Mi otro bisabuelo por vía paterna fue encarcelado durante la Guerra Civil en Valladolid por sus vínculos con el PSOE, siendo liberado pocos años después, bajo el gobierno de Franco. Volviendo a mis tíos abuelos maternos, ambos lucharon, como ya he añadido, en bandos distintos, con la diferencia que mi tío abuelo republicano consiguió huir a Toulouse, permaneciendo allí hasta su muerte en 1977. Mi otro tío abuelo (al cual yo conocí), militar del Ejército de Tierra y combatiente en el bando nacional, continuó viviendo el resto de su vida en Madrid hasta su fallecimiento en 2001.

Tras esto podrá haber alguien que diga ¿Y para qué me cuentas tu vida y la de tu familia? Por la sencilla razón de que a pesar de no haber vivido personalmente el franquismo, el hecho de tener a familiares que han vivido en primera persona el conflicto nacional iniciado en 1936 y ser a su vez algunos de éstos familiares víctimas mortales del mismo, me da a la misma vez la legitimidad moral suficiente para posicionarme a la hora de hablar de un tema tan controvertido como es el franquismo, lo cual es sin duda alguna surrealista en pleno 2025. 

¿Alguien se imagina que en 1915, con Woodrow Wilson como presidente de EEUU y cincuenta años después de la Guerra Civil americana y del asesinato de Lincoln, éste siguiese siendo actualidad en aquel entonces? Estados Unidos estaba en aquel entonces lo suficientemente ocupada con la Primera Guerra Mundial (finalmente entraron en guerra en 1917) como para remover heridas del pasado; un patrón que no se repite en España después de casi un siglo de la Guerra Civil y justamente cincuenta años del fallecimiento de Franco. Al contrario de lo ocurrido en EEUU, la polarización social y el removimiento histórico de estos hechos van cada día a más, sobre todo tras reabrirse en 2007 el debate con la mal llamada Ley de "Memoria Histórica" con Zapatero y secundada posteriormente en 2022 con Sánchez con la denominada Ley de "Memoria Democrática". 

Estas leyes, cuyo único objetivo fueron siempre el de remover viejas heridas y reabrir las brechas que quedaron cerradas en su momento, han hecho que la figura de Francisco Franco esté más presente una vez muerto que vivo. Para muchos, sobre todo para aquellos que no conocieron el franquismo ni han tenido la decencia de abrir un puñetero libro de historia en su vida, o tan siquiera leer la Wikipedia o consultar a ChatGPT, el personaje de Franco representa, como así lo quiere presentar la izquierda, la demonización y la encarnación del mal absoluto sobre la tierra. 

¿Esto quiere decir que Franco fue un santo? Claro que no, pero tampoco fue la bestia que la izquierda española trata de perfilar desde hace casi veinte años hasta la fecha. ¿Franco aprovechó su asalto al poder con la intención de perpetuarse en la Jefatura del Estado de por vida? Totalmente ¿Franco cometió errores? Por supuesto que los cometió ¿Qué persona no comete errores y más si lleva cuarenta años gobernando un país? ¿Tuvo aciertos en su largo periodo de gobierno? Absolutamente ¿Estuvo España mejor con él que con los gobiernos democráticos? A partir de la segunda etapa del franquismo en los 50, indudablemente que sí. En el momento de su muerte, España era el segundo país más próspero en términos económicos, con unas tasas de crecimiento del PIB más altas a nivel global. 

España a su vez conoció durante el segundo periodo de la dictadura lo que se conoce históricamente como "El milagro español", con el desarrollo en el sector automovilístico, el aumento de la producción energética, la apertura del turismo como una de las principales bases del crecimiento económico, la creación de una clase media que conoció bajo el gobierno de Franco la estabilización social y la mejora destacada en los servicios públicos (Sanidad, Educación, Seguridad Social, etc), así como el asequible acceso a un hogar a través del Instituto Nacional de la Vivienda, la destacada mejora de los salarios, los escasos impuestos que los españoles tenían que pagar en aquellas décadas, el bajo nivel de desempleo, así como la protección y los derechos laborales obtenidos durante el franquismo.

Desde la izquierda se hace especial hincapié, entre otras cuestiones, en el hecho de que España estaba aislada del resto de los países de nuestro entorno durante el franquismo, pero la reapertura de las relaciones de nuestro país con EEUU a mediados de los cincuenta, secundada por la entrada de España en la ONU poco después y la normalización de las relaciones de nuestra nación con los países europeos en la segunda mitad del franquismo desmienten estos bulos. 

Por no hablar del papel destacado que jugó Franco cuando, siendo en aquel entonces España aliada de la Alemania Nazi de Hitler y de la Italia Fascista de Mussolini, el llamado Generalísimo desechó la posibilidad de la entrada de nuestro país en la Segunda Guerra Mundial, lo cual habría acabado literalmente con nuestra nación, la cual estaba todavía en shock y en medio de la más absoluta miseria tras tres años ininterrumpidos de Guerra Civil. Una miseria de la que España no saldría hasta bien entrada la década de 1950.

Una vez dicho los pros, entremos ahora en los contras. Por el contrario, los principales errores y defectos cometidos bajo el mandato de Franco fueron la censura, la escasez de hambre, la falta de productividad durante los primeros años de la dictadura, la emigración española, la persecución política, el papel tan activo que la Iglesia tuvo durante el régimen (la cual Franco salvó de la izquierda), la "santificación" de Franco por el propio Catolicismo (llevarlo bajo palio, etc), el encarcelamiento de opositores al régimen (algunos pacíficos, otros no), la reinstauración de la Monarquía, el exilio de muchos españoles al extranjero e incluso la ejecución de personas contrarias al mismo. Con respecto a esto último debo añadir que es verdad que durante el periodo franquista hubo, según cálculos de varios historiadores (aunque la cifra difiere según otros), aproximadamente unos 50.000 fusilamientos durante la dictadura. 

Muchas de esas criaturas eran inocentes y/o solo eran simples opositores pacíficos al régimen, otros sin embargo eran terroristas y asesinos que alteraban la paz social en pos de unos objetivos que iban más allá de la simple lucha contra el franquismo. ETA y el GRAPO son solo algunos de esos ejemplos de sanguinarios que perpetraron sus primeros atentados durante la dictadura y que posteriormente, sobre todo los últimos fusilados, han pasado a convertirse en mártires de la dictadura; un adjetivo que en nada se corresponde con lo que esos miserables eran y cuyas figuran han edulcorado y dramatizado la cultura popular izquierdista tras la muerte de Franco. 

Una vez enumerados los pros y los contras cabe añadir ¿Por qué se sublevó Franco y gran parte del Ejército en 1936? ¿Por capricho? ¿Por aburrimiento? ¿Porque eran antidemócratas? Nada más lejos de la realidad. Si el bando nacional se sublevó fue porque personajes como Manuel Azaña, Juan Negrín, Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto, Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri (la Pasionaria) y muchos más habían convertido a España y al sistema de la II República en un régimen izquierdista que tenía como objetivo el de entregar nuestro país a las órdenes de Stalin y de la Unión Soviética. 

Esto mismo no solo lo digo yo, sino que lo secunda en 1933 Francisco Largo Caballero en una de sus frases más célebres: "Tenemos que recorrer un periodo de transición hasta el socialismo integral y ese periodo es la dictadura del proletariado, hacia la cual vamos". Tampoco es verdad que Franco, Mola, Sanjurjo, Queipo de Llano, Yagüe, etc, se sublevasen contra la República, sino contra aquellos que la habían descuartizado. Y esto tampoco lo digo yo solamente, sino que lo dijo también el propio Manuel Azaña: "Franco no se rebeló contra la República, sino contra la chusma que se había apoderado de ella". 

Sin embargo, a pesar de todo lo expuesto, muchos seguirán creyendo que Franco y gran parte del Ejército se sublevaron contra la "bienaventurada" República porque eran unos malvados enemigos de la libertad. La simpleza es el factor donde se refúgian los ignorantes, y éstos aceptan sin más este argumento tan pobre como falso. En lo que a mí respecta, la sublevación militar del 18 de julio de 1936 estaba completamente justificada, y más si tenemos en cuenta que solo dos años antes el PSOE había intentado perpetrar su propio golpe de Estado, el cual se saldó con más de 2.000 muertos. 

¿Estaba pues la sublevación justificada? absolutamente ¿Lo estuvo la Guerra Civil? en absoluto. Nadie desea una guerra, ni mucho menos en tu propio país. ¿Hubo crímenes por parte de ambos bandos? totalmente. ¿Estaban justificados? en absoluto. Pero por desgracia, España, como ocurre en pleno 2025 aunque en otros términos, era en 1936 una olla a punto de explotar, y cuando lo hizo en julio de 1936, tras muchos secuestros, asesinatos, violaciones y violencia por parte de la izquierda, el caos y la anarquía estaban, por desgracia, garantizados.

Dicho esto, quiero ahora hacer hincapié en otra cuestión bien distinta. Una cuestión no menor, esta vez ocurrida tras la muerte de Franco. Tras su fallecimiento el 20 de noviembre de 1975, su sucesor a título de rey, Juan Carlos I, comenzó a desmantelar los cimientos sobre los que se sustentaba el régimen franquista, presionando en julio de 1976 a Carlos Arias Navarro a dimitir como presidente del gobierno y a designar posteriormente a un joven y ambicioso Adolfo Suárez como nuevo jefe del ejecutivo. 

Muchos creen después de cincuenta años que la denominada Democracia que nació con el régimen del 78 cayó milagrosamente del cielo y que ésta fue un regalo de Dios. Nadie parece percatarse de que quien precisamente maniobró en silencio los hilos para que ese escenario se produjese fue el propio Franco y las Cortes Franquistas. Franco no era imbécil y sabía perfectamente que detrás de su muerte no habría una prolongación de su régimen. 

Sabía más o menos cuáles eran las intenciones del entonces príncipe Juan Carlos y era consciente en todo momento que lo que vendría después de él sería lo antagónico de lo que él había mantenido durante su dictadura. Es por ello por lo que, a pesar de todo, mantiene el nombramiento de Juan Carlos de Borbón como su sucesor, y además añade en su testamento político esta orden a sus colaboradores "Os pido que rodeéis al futuro rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado, y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido". 

Esto era prácticamente una última orden al aparato franquista para que éste cumpliese con el propósito de Juan Carlos, una vez como rey. Esa obediencia se consumió el 18 de noviembre de 1976, con Suárez ya en el poder y justo un año después de la muerte de Franco. Es el momento en el que las Cortes Franquistas se hacen el harakiri político en favor del Proyecto de Ley para la Reforma Política, la cual abolía de un plumazo el sistema franquista y daba paso a la transición política, que tendría como culmen la instauración del régimen del 78. ¿Con esto quiero decir que gracias al franquismo hoy tenemos "Democracia" (o como queramos llamarlo)? totalmente. 

Sin el apoyo del aparato franquista a aquella Ley (la última de las Leyes Fundamentales del Reino), hoy España probablemente no viviría bajo el sistema que tenemos ni la transición hubiese sido tal y como ocurrió. Probablemente, de haberse negado las Cortes Franquistas a suicidarse políticamente, el frágil reinado de Juan Carlos I y el entonces débil gobierno de Suárez habrían fracasado y probablemente hubiese habido, o quizás no, una nueva sublevación militar, y quién sabe si con ello una nueva guerra civil. Sea como fuere, lo cierto y verdad es que el escenario posterior a la muerte de Franco con la llamada Transición Española fue todo un éxito gracias precisamente a aquél a quienes hoy muchos intentan borrar de la historia y a los políticos que en aquel entonces le secundaban. 

Se cumplen hoy pues cincuenta años de la muerte de Franco, precisamente en el momento que más vivo está (en espíritu, obviamente). Como diría Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975 en su proclamación como rey "Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea". 

Sin ser monárquico, secundo completamente estas palabras, quizás las más certeras de las que ha dicho Juan Carlos I a lo largo de su vida. Con sus luces y sus sombras, el nombre y la figura de Francisco Franco estarán siempre presente en la historia de España, por mucho que algunos intenten por todos los medios despojarlo de ella. Con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, Francisco Franco Bahamonde es ya, por mucho que algunos se empeñen en eliminarlo, una huella imborrable en la historia de España. DEP.

martes, 4 de noviembre de 2025

Un país en estado irreversible


Después de doce años escribiendo en este blog, reitero lo que ya dije hace un tiempo: cada vez me dá más pereza hablar sobre la política nacional y sobre la situación de decadencia sin frenos que atraviesa España. En lugar de eso prefiero escribir sobre religión, historia o política internacional. Aún así, hay veces que la situación en España demanda que escriba algo sobre lo que ocurre en nuestro país. La entrada de hoy la voy a dividir en tres temas interesantes que se han producido hoy, y que demuestran hasta dónde hemos llegado como Estado-Nación. 

En primer lugar me referiré a la dimisión con un año de retraso del todavía presidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, en segundo lugar me referiré al juicio sin precedentes que ha comenzado hoy en el Tribunal Supremo contra el Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, y en tercer lugar haré hincapié en en informe de la UCO sobre el ministro de Política Territorial, Víctor Ángel Torres, y su relación con la trama de corrupción que salpica de lleno al PSOE cuando éste era aún presidente de Canarias. 

Comienzo con el anuncio de dimisión que hoy ha anunciado el presidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, después de los abucheos recibidos el pasado miércoles en el homenaje que se les dio a las víctimas de la DANA un año después de la tragedia. Unos abucheos que, en mi opinión, estaban más que merecidos; pero he aquí que cuando escuché los abucheos que recibía, y con toda justicia, el propio Mazón, no se escuchaban a la vez ni uno solo hacia el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, también presente en el homenaje junto a los reyes de España. 

Para empezar debo hacer un comentario que puede que compartan muchas personas o puede que no. No entiendo qué hacían las víctimas de la DANA y los familiares de los fallecidos secundando un acto organizado por el Estado; ese mismo Estado que hace justamente un año se lavó las manos mientras el presidente del gobierno rechazaba las ayudas ofrecidas por parte de países vecinos, entre ellos Francia, y pronunció en aquella famosa rueda de prensa la frase por la que pasará a la historia: "si quieren ayuda, que la pidan". Y por si esto fuese poco y el Estado, así como la Comunidad Valenciana, no activaron el Estado de Alarma que la situación requería, Sánchez convocó otra rueda de prensa tras salir corriendo de Paiporta ante la posibilidad de que la población acabase allí mismo con él y acabase colgado boca abajo como Mussolini. 

Es entonces cuando en aquel momento, donde las familias estaban buscando a sus familiares fallecidos o desaparecidos y Valencia inundada y desamparada por parte de todas las administraciones públicas, Sánchez pronunció aquella otra frase por la que pasará a la historia: "yo estoy bien". ¿Qué más daban los muertos y los desaparecidos y todas aquellas personas y familias que lo habían perdido todo? Lo importante y urgente era saber cómo se encontraba nuestro amado presidente, y para ello convocó aquella aberrante rueda de prensa en la que demostró no solo su perfil más psicópata sino también su egocentrismo más peligroso. 

¿Por qué entonces la población valenciana no se ha echado a las calles con tanto entusiasmo para pedir la dimisión de Pedro Sánchez, así como la de Carlos Mazón? Por la sencilla razón de que el PSOE tiene un nivel de propaganda tan exitoso y bueno (todo hay que reconocerlo) al nivel de los nazis en Alemania. La idea de que el desamparo y el abandono de las administraciones públicas se limitan solo al gobierno de Mazón y no al gobierno de Sánchez igualmente, es algo que la izquierda se ha encargado de propagar durante 24 horas en estos últimos 365 días. 

Toda persona, con dos dedos de luces e imparcial, sabe que el 50% de la nefasta y criminal gestión de la DANA de Valencia fue por un lado responsabilidad del gobierno de Mazón, pero el otro 50% fue responsabilidad del gobierno de España al no asumir su deber como Administración General del Estado y tomar las riendas de la situación, con independencia de que la Generalitat valenciana lo solicitase o no. La idea de que Mazón, y con ello el PP, son los únicos responsables de aquella tragedia ha calado y mucho en la sociedad española gracias a la propaganda de la izquierda, que en eso son unos fenómenos. 

De esta forma, y tras más de un año oculto y sin querer asumir su propia responsabilidad, Mazón hoy ha anunciado por fin su dimisión, de la cual caben ahora dos posibilidades: que VOX vote a favor del próximo candidato del PP a la presidencia de la Generalitat (lo cual sería meterse los de Abascal un tiro en el pie) o bien que VOX rechase votar en favor de dicho candidato, lo cual llevaría al escenario más propicio para la Comunidad Valenciana: unas elecciones autonómicas anticipadas. 

Con la dimisión de Mazón, Sánchez se carga políticamente al responsable parcial de aquella catástrofe, mientras él mismo, el otro responsable parcial de aquella desgracia que se llevó por delante más de doscientas vidas, sigue impoluto en Moncloa, sin que nada ni nadie pueda acusarle de nada, ni mucho menos poner de una vez por todas fin a su permanencia en la Moncloa. Sánchez vuelve a demostrar con ello que es invencible mientras Feijóo cree que con la dimisión de Mazón, las aguas volverán a su cauce en Valencia. Nada más lejos de la realidad. Esto es solo el principio de una pesadilla para el PP, no solo valenciano sino nacional, que Feijóo aún no es consciente de su gravedad. 

Dicho esto, paso ahora a analizar el segundo tema que ha sido ampliamente debatido hoy en toda España, como es el inicio del juicio contra el Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, por su implicación en la revelación de secretos sobre Alberto González Amador, novio de Isabel Díaz Ayuso, en la investigación que se está desarrollando contra éste por un delito de fraude a Hacienda. Con la apertura del juicio en el día de hoy en el Tribunal Supremo se produce uno de los sucesos más surrealistas de la historia contemporánea de España: la de un Fiscal General del Estado sentado en el banquillo de los acusados por revelación de secretos mediante órdenes procedentes de Moncloa. Ya saben aquella famosa frase que Sánchez pronunció de forma egocéntrica en su momento: "¿De quién depende la Fiscalía?". 

Cabe recordar que según el artículo 124 de la Constitución española, el Ministerio Fiscal tiene por misión "promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la Ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social". Como se puede apreciar, es surrealista, irónico e incluso cínico que la mayor autoridad del Ministerio Fiscal en España, que es a su vez un organismo jurídico a nivel estatal encargado de supervisar la independencia judicial y velar por el interés público sea quien se siente en el banquillo de los acusados por un delito de revelación de secretos; y todo para encubrir al inquilino de la Moncloa, lo cual es doblemente preocupante a la par que surrealista.

Con este juicio, y con independencia del fallo judicial que salga del mismo, está claro que la reputación y el nombre del Ministerio Fiscal quedan ya completamente estigmatizados como consecuencia de los delitos perpetrados por su mayor autoridad. ¿En qué lugar del mundo se ve a un Fiscal General del Estado sentado en el banquillo y sin haber dimitido aún de su cargo? ¿En qué país medianamente sensato (España, por desgracia, no lo es) un Fiscal General del Estado se sienta en el banquillo mientras el abogado del Estado le representa e incluso el propio fiscal del caso sale en defensa de su jefe, quebrantando así la independencia y la promoción de la acción de la justicia en defensa de la legalidad de la que debe hacer gala el Ministerio Fiscal?

Nadie tomará en serio el Poder Judicial después de este bochornoso y abominable espectáculo que no solo afecta a las instituciones judiciales sino a todo el aparato del Estado e incluso al Estado de Derecho en sí. Pero a fin de cuentas, ¿Qué más dá eso a estas alturas? en unas circunstancias donde el Estado, la Constitución y el propio régimen del 78 hace aguas por todos lados mientras se hunde de forma imparable el país como si del propio Titanic se tratase, con los políticos emulando a los violinistas del barco hundido en medio del Atántico en 1912.

Y ya para finalizar, me centro en el tercer y último tema a comentar: el informe de la UCO que hoy ha aparecido y en donde se hace hincapié en la implicación del actual ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, en la trama Koldo, en la venta de las mascarillas del COVID y en su relación con Aldama, el propio Koldo, Ábalos, etc. Un informe que no dice nada en especial, al menos en mi opinión, y que demuestra que, como ya he dicho anteriormente, nada ni nadie logrará sacar a Pedro Sánchez de la Moncloa. 

¿A quién le interesa lo que Ángel Víctor Torres hiciera o dejara de hacer en una trama de la cual todos sabemos quién es el "número 1"? ¿A quién le interesa las informaciones constantes sobre los trapicheos de Ábalos, Koldo y Cerdán? A mí me es completamente indiferente los negocios ilícitos y las comisiones que Torres se llevase en su etapa como presidente de Canarias junto a Ábalos, Koldo, Aldama, etc. Me interesa saber qué es lo que hacía o dejaba de hacer Pedro Sánchez en ese momento y qué papel jugaba en aquella trama. De nada sirve sacar públicamente informes que incriminen a ministros, diputados, fontaneros del PSOE o miembros de la ejecutiva del partido. 

Todo lo que no sea publicar informes claros y directos que impliquen de lleno a Pedro Sánchez es papel mojado. ¿O acaso alguien piensa que Torres va a dimitir o Sánchez lo va a cesar por esto? ¿Acaso Francina Armengol ha dimitido como presidenta del Congreso tras saberse hace meses que ella, en su época como presidenta de las Islas Baleares, hacía lo mismo de lo que ahora se acusa a Torres? ¿Por qué no sale nada que implique de lleno al "número 1"?

Probablemente porque estamos ante una partida de ajedrez en la que quien maneja los hilos está poniendo nervioso al propio Sánchez y juega con la posibilidad de sacar o no las informaciones que le incriminan a él. O quizás porque nadie tiene realmente nada sobre Sánchez y están presionando a Ábalos, Cerdán y Koldo para que canten "La Traviata" en un momento de presión extrema. Si esa es la estrategia de quienes están detrás de todo esto, ya les digo que no van a conseguir nada. Todos los implicados hasta la fecha preferirían ahorcarse antes que confesar toda la verdad, aunque eso supusiese llevarse por delante a su jefe. Ya lo hemos visto en los juicios que se han celebrado hace poco con Ábalos y Koldo, los cuales se han negado a declarar judicialmente cuando todo el mundo creía que por fin confesarían. 

Seamos serios. El PSOE es una mafia y como organización criminal que es, sabe que los subordinados no van a cantar nada que pueda afectar al líder, incluso si las acusaciones se extienden ya a familiares de los imputados, como es el caso de Ábalos y Koldo. Si Pedro Sánchez no ha caído hasta ahora por haber dejado morir a más de doscientas personas en una catástrofe natural en Valencia, ni por tener a su Fiscal General del Estado enjuiciado en estos momentos, ni por las tramas de corrupción que afectan a su propia familia, ¿Quién se va a creer que va a dimitir por informes que involucran a terceros de su partido, por muy allegados que éstos sean del presidente del gobierno? 

Admitámoslo de una maldita vez. Pase lo que pase y ocurra lo que ocurra, tenemos, para desgracia de España, Sánchez por los siglos de los siglos, y eso es una realidad, por mucho que algunos hablen desde sus programas o canales en Youtube, día sí y día también, de que el final del actual presidente del gobierno está cada vez más cerca. Sánchez, a pesar de la ruptura fake de Junts con el PSOE, no solo va a aguantar hasta 2027, sino que formará nuevamente gobierno tras las próximas elecciones generales, con independencia de que las gane o las pierda. El régimen del 78 se hunde y Sánchez es el capitán (como él mismo se definió en junio) perfecto para hundir este barco en las últimas llamado España. 

miércoles, 15 de octubre de 2025

¿Pax Trumpiana?


Poco después de la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Actium y el suicidio de éstos, y una vez concluida la cuarta Guerra Civil de la República Romana, el hasta entonces joven Octavio César, sobrino nieto de Julio César, pasó a denominarse Augusto y fue proclamado primer emperador de Roma en el 27 a. C, dando inicio con ello al Imperio Romano y también a un periodo de doscientos años conocido en la historia como Pax Augusta o Pax Romana. Este periodo, no exento de guerras y conquistas romanas, trajo paz y estabilidad interna al Imperio desde el gobierno de Augusto hasta el gobierno de Marco Aurelio en el 180 d. C. 

Dos mil años después, parece que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quiere emular al emperador Augusto y traer un periodo de paz a nivel mundial que dure, como mínimo, cien años. La propuesta de paz con respecto a la situación bélica que se vive en Oriente Medio y la posterior firma de esos acuerdos, los cuales ha firmado Trump en Egipto con su presidente este pasado lunes, 13 de octubre, junto con los presidentes de Catar y Turquía, han dado inicio a la primera fase de ese acuerdo de paz, el cual tiene un objetivo de dos años, hasta que se implante completamente la paz en 2027, según el periodo marcado por Trump en su propuesta. 

Una propuesta de paz en Oriente Medio que veremos a ver cómo acaba. De momentos los rehenes y fallecidos están siendo liberados por ambas partes (Israel y Palestina), y el alto el fuego parece que es una realidad. Aun así, y espero equivocarme en mi predicción, mucho me temo que la propuesta de Trump no va a resultar un éxito a medio y largo plazo. ¿Por qué? porque la propuesta del presidente estadounidense sobre cuestiones como las de la creación del futuro Estado de Palestina y la forma en la que esta creación se hará es ambigua, así como otros puntos de la propuesta, como puede ser la persona que gobernará Gaza durante el periodo de transición en estos años. Ya hay fuertes rumores que apuntan al ex primer ministro británico, Tony Blair, como el hombre que será designado para convertirse en el futuro "gobernador". Todo un hombre de paz y con un currículum pacífista impecable, qué duda cabe. Nótese la ironía con respecto a esto último.

Por otro lado, espero y deseo equivocarme, pero me temo que la propuesta firmada por EEUU junto a Egipto, Catar y Turquía (todos ellos, mediadores y garantes del cumplimiento de ese acuerdo) no va a llegar a buen puerto, ya que la propia propuesta sigue sin convencer del todo a ambas partes y todo hace indicar que las hostilidades pueden saltar de nuevo más pronto que tarde. Por no hablar de que estamos ante un conflicto que tiene más de treinta siglos de disputa, lo cual es bastante improbable que pueda solventarse de repente con unos acuerdos ambiguos en algunas partes y que no satisfacen del todo o bien a Israel o bien a Palestina. 

Pero aquí no queda la paz mundial que supuestamente ansía Trump. El presidente estadounidense ya ha dejado claro que su próximo objetivo es el de poner fin a la guerra de Ucrania. Este mismo viernes, Zelenski visitará la Casa Blanca de nuevo. Una visita que, unido al reciente acercamiento entre Trump y Zelenski, busca presionar a Putin para que el presidente ruso acepté por fin sentarse a negociar con EEUU y Ucrania y buscar definitivamente el fin de una guerra que, como ya he dicho en otras ocasiones, ha sido de facto un conflicto bélico indirecto entre Rusia y EEUU, sobre todo durante la nefasta presidencia de Joe Biden.
 
Veremos a ver cómo acaba este nuevo escenario geopolítico a nivel global que Trump ha abierto con la ya histórica firma en Egipto de los acuerdos de paz en Oriente Medio y las negociaciones que el presidente estadounidense desea iniciar ya con Rusia y Ucrania para detener el conflicto bélico iniciado en febrero de 2022. Lo que sí está claro es que Trump desea emular a Augusto César e implantar definitivamente una paz mundial, la cual sería su definitivo legado en este último mandato como presidente de los Estados Unidos. 

Esto confirma una vez más la tesis que durante años se ha venido debatiendo acerca de la idea de que Estados Unidos es el Imperio Romano del siglo XX y XXI, y que el poder y la influencia de los presidentes estadounidenses es similar a la de los emperadores romanos hace dos mil años. Por otro lado, esto corrobora igualmente dónde radica verdaderamente la hegemonía mundial, que no es en otro lugar que en el Despacho Oval. Buena prueba de ello es que Trump y EEUU han reafirmado su autoridad a nivel mundial tras los acuerdos firmados en Egipto.

Cabe añadir también que todo lo que estamos viviendo no es porque Trump desee fervientemente la paz a nivel mundial, sino porque el actual inquilino de la Casa Blanca ansía ser galardonado con el Premio Nóbel de la Paz. A Trump la paz y la guerra mundial le traen sin cuidado, solo hay que ver cómo desde Washington se ordenó bombardear las bases nucleares de Irán en junio de este año. La cuestión es que hay muchos intereses en juego por los que Trump ansía la paz en Oriente Medio y también en Ucrania, y de esa forma lograr su ansiado Nobel de la Paz.

Una distinción de la cual el propio Trump ha afirmado en varias ocasiones públicamente que merece ser reconocido. La ambición del presidente americano parece pues no tener límites y ahora busca a la desesperada, a través de las negociaciones y posteriores acuerdos de paz, un reconocimiento que le lleve a terminar en 2029 su segunda presidencia bajo un mundo en permanente paz, la denominada por algunos Pax Trumpiana. Ahora la cuestión es ¿Conseguirá Trump dejar como legado esa paz mundial en enero de 2029? ¿Logrará convertirse en el Augusto del siglo XXI o fracasará en el intento el "emperador americano"? próximamente saldremos de dudas. 

domingo, 12 de octubre de 2025

La oportunidad perdida de España


Hoy, 12 de octubre, Día de la Hispanidad, creo que es conveniente recordar uno de los episodios más controvertidos de nuestra historia contemporánea, del cual ya hablé el año pasado en la entrada que publiqué sobre Napoleón Bonaparte. Me refiero a los hechos que sucedieron en los primeros años del siglo XIX en nuestro país, con la Corte del entonces rey de España, Carlos IV, y la posterior sublevación de la sociedad española en favor de los Borbones durante la Guerra de la Independencia. 

Y es que son pocas las veces que el pueblo español se ha levantado contra sus gobernantes y el establishment de entonces, pero cuando lo ha hecho ha sido de forma torpe y eligiendo posicionarse al lado del verdadero enemigo de nuestros intereses. En la España de 1808 ocurrió tal cual. Nuestro país vivía en una situación límite, donde las traiciones, los escándalos, las intrigas palaciegas, las luchas de poder y la corrupción sistemática instaurada en la Corte de Carlos IV, junto con la reina María Luisa de Parma y el entonces primer ministro de España (aún no existía en nuestro país el título de presidente del consejo de ministros), Manuel de Godoy, llevaron a nuestra nación al abismo pocos años después de que en Francia la Ilustración y la Revolución Francesa arrasasen con la Monarquía borbónica y el Antiguo Régimen. 

Muchas fueron las traiciones y los episodios bochornosos que nuestro país vivió en los últimos años del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX: el complot de El Escorial, el Tratado de Fontainebleau, el motín de Aranjuez, las abdicaciones de Bayona, el levantamiento del 2 de mayo, la propia Guerra de la Independencia y el posterior regreso de Fernando VII a España, unido al consiguiente perjurio de la Constitución de Cádiz y el regreso del absolutismo. 

Una cadena de desgracias iniciadas en una Corte conspirativa, decadente y corrupta, como fue la de Carlos IV, donde el carácter débil, pasivo e irresponsable del monarca hacían que el verdadero poder residiese en Godoy, entonces primer ministro, y en la reina consorte, María Luisa de Parma, los cuales siempre han estado en el foco de los rumores al hablarse de una relación sexual/sentimental entre ambos. Una situación que nos recuerda, salvando las distancias, a la actual, con los fuertes rumores sobre la relación estrecha entre Pedro Sánchez y Letizia Ortiz, la pasividad y debilidad absoluta del actual rey, e incluso la posible homosexualidad de Felipe VI, la influencia que ejerce entre las sombras la propia Letizia Ortiz y la corrupción y los escándalos que acechan tanto al propio gobierno del PSOE como a la Casa Real en estos momentos.

Como se puede apreciar, la historia parece repetirse desde la Corte de Carlos IV en 1808 a la de Felipe VI en pleno 2025. Obviamente, y a diferencia de lo ocurrido entonces, los españoles no se levantarán contra nadie, ya que la sociedad está lo suficientemente adormecida, adoctrinada y aborregada como para levantarse contra el status quo actual. En 1808 sí lo hicieron, y ese levantamiento supuso a su vez la perdición de España. Como ya dije en la entrada que escribí el año pasado sobre Napoleón Bonaparte, no seré yo quien defienda la invasión de los franceses a nuestro país. 

A ninguna persona con dos dedos de luces le gusta que un país extranjero invada el suyo propio; pero también hay que tener en cuenta el fondo de la cuestión. Los españoles se levantaron en armas contra los franceses tras producirse una serie de hechos deleznables. En 1807 se produce el denominado "complot de El Escorial", donde el entonces príncipe de Asturias, Fernando de Borbón, se levantó contra su padre, el rey Carlos IV, con el objetivo de destronarlo y provocar a su vez la caída política de uno de su principales enemigos políticos, el propio Godoy. 

Dicho levantamiento, el cual fracasó estrepitosamente gracias a los agentes secretos de Godoy, provocó la detención del futuro Fernando VII y la consolidación absoluta del propio primer ministro como el verdadero centro de poder en España. Meses después, ya en 1808, se produce el motín de Aranjuez, donde los partidarios de Fernando utilizaron a la población de Madrid para asaltar el palacio donde vivía el denominado príncipe de la Paz (título que Carlos IV otorgó a Godoy por sus negociaciones en el Tratado de paz de Basilea) y provocar su caída política junto con la del propio Carlos IV; objetivos todos ellos conseguidos gracias a la hábil propaganda que los denominados "fernandinos" propiciaron entre el pueblo de Madrid. Una especie de "asalto al palacio de Invierno" pero de una forma más paleta y surrealista. El resultado de todo esto provocó la abdicación de Carlos IV en favor de Fernando VII y la detención y posterior caída política de Godoy. 

Por si fuera poco, Napoleón, viendo la crisis política que vivía España, convoca tanto a la familia real española como a Godoy a Bayona, con la excusa de "apaciguar las aguas" entre el rey destronado y el nuevo monarca. ¿El resultado? todos los sabemos ya: Napoleón realiza realmente una encerrona a los Borbones en Bayona, exigiéndole en primer lugar la abdicación a Fernando VII y posteriormente al ya rey destronado, Carlos IV. Todo esto después de que, en las luchas internas de poder en Madrid, Fernando mantuviese previamente correspondencia con Napoleón para ganarse su apoyo e incluso pedir la mano de una de sus sobrinas con el fin de entablar de esta forma la alianza entre España y Francia.

Antes de esto, Godoy y Napoleón ya habían firmado el aberrante Tratado de Fointainebleau, el cual supuso la autorización por parte de España para que Napoleón entrase en la Península Ibérica con el fin de tomar Portugal y repartírsela con España. Por supuesto, Napoleón nunca tuvo en ningún momento la intención de repartirse nada, solo el de doblarle el pulso a una frágil y débil Monarquía como la de Carlos IV con el objetivo de entrar en España y adueñarse de ella. 

Con las tropas francesas ya en España y con los Borbones destronados y arrestados en Francia bajo la custodia de Napoleón, éste designa a su hermano, José Bonaparte, como nuevo rey de España, provocando de esta forma el levantamiento del pueblo español contra los franceses y su apoyo acérrimo a los Borbones, los cuales ya habían dado claras señas de importarles entre cero y nada el destino de España, solo el suyo particular. De esta forma, se inicia la denominada Guerra de la Independencia, la cual duraría seis años y durante la cual José Bonaparte se vio imposibilitado a gobernar un país que rechazaba de lleno la entronización de los Bonaparte en España, así como las reformas que éstos ya estaban implantando en Francia. 

Dicho esto, cabe preguntarse: ¿Fue legítimo el levantamiento de los españoles ante los franceses? absolutamente ¿Cometieron la mayor torpeza al obstaculizar el gobierno de José I y con ello la idea de implantar las reformas surgidas en la Ilustración? totalmente. Como he añadido anteriormente, a ningún país le gusta ser doblegado por otro, y en este caso España estaba viviendo esa situación, pero también es cierto que el pueblo español se erigió no solo en contra de los franceses sino en favor de los Borbones y de la clase política que hasta ese momento había instaurado en nuestro país un sistema de corrupción generalizada. El mayor error de los españoles no fue pues levantarse contra los franceses, lo cual estaba moralmente más que justificado, sino el hecho de levantarse en favor de una familia real que había llevado a España al mayor de los atrasos posibles y a esa situación de corrupción, caos y traición de la que hábilmente se aprovechó Napoleón. 

Frente a todo esto, José I gobernó, o intentó gobernar, bajo el paragüas sistémico que le había otorgado el denominado Estatuto de Bayona, el cual se podría considerar la verdadera y primera Constitución española. Por su parte, y debido al hecho de que las Cortes españolas nunca aceptaron a José I como monarca, éstas se reunieron en Cádiz en mitad de la guerra para aprobar y promulgar la denominada Constitución de 1812, la cual establecía un sistema que reconocía al pueblo español como titular de la soberanía nacional, daba luz en nuestro país a la separación de poderes e instauraba una Monarquía liberal en España con Fernando VII a la cabeza, quien seguía impasible desde el exilio la situación en nuestro país y cómo más de 200.000 españoles morían en suelo patrio en pos de una causa en la que Fernando encarnaba, según los españoles sublevados, el liderazgo puro de ese escenario postbonapartista en España. Cabe añadir que las tres características anteriormente mencionadas (Monarquía liberal, separación de poderes y soberanía nacional) venían incluídas tanto en el Estatuto de Bayona como en la Constitución de Cádiz, aunque, como todos sabemos, el Estatuto de Bayona no gozó del respaldo, la repercusión y el éxito que sí obtuvo la Constitución de 1812. 

Finalmente, y tras la huída de España de José I en diciembre de 1813, se ponía fin a los cinco años de fallido reinado de los Bonaparte en nuestro país. La guerra acabaría pocos meses después, concretamente en abril de 1814, poniendo fin a la ocupación francesa en la península y con ello al inicio del declive de Napoleón en Europa. Por su parte, la huída de José I provocó a su vez el regreso de Fernando VII a España como rey, el cual fue reconocido como tal por Napoleón en el Tratado de Valençay. El primer gesto como rey de Fernando VII fue el de jurar fidelidad a la Constitución de 1812, un juramento que no tardaría mucho tiempo en prevaricar.

Tras su llegada a España, Fernando propició la que sería la primera de sus muchas tropelías: liderar un golpe de Estado en 1814 por el cual derogaba la Constitución de 1812 (la misma a la que él había jurado fidelidad en diciembre de 1813), encarcelaba a los liberales, ponía fin a las Cortes de Cádiz y restauraba el absolutismo en España. Todo un "mérito" en tiempo récord para aquél por quienes muchos habían muerto creyendo que representaba el liderazgo perfecto para una España nueva. Con este giro inesperado (o quizás no tan inesperado) quedaba constatado que los sublevados en la guerra fueron prácticamente unos ignorantes que no habían aprendido nada del despotismo del que habían hecho gala los Borbones hasta 1808 y que a partir de 1813 volverían a ejercer.

De esta forma comenzaría la guerra absoluta entre Fernando VII y los liberales, la cual tendría como culmen el pronunciamiento del general Riego en 1820, el cual triunfó y obligó a Fernando a reestablecer el sistema liberal y la Constitución de 1812. Comenzaría de esta forma el denominado Trienio Liberal, el cual duraría hasta 1823, momento en el que las tropas francesas (con los Borbones nuevamente instaurados también en el trono de Francia) invadieron nuevamente España en auxilio de Fernando VII, con el objetivo de poner fin al régimen liberal y a la Constitución de 1812. Se produce de esta forma la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, una guerra en la que más de 10.000 españoles, partidarios del constitucionalismo de 1812, morirían en aquel conflicto bélico que tiñó de sangre nuevamente España gracias al despotismo de los Borbones. De esta forma, el absolutismo volvía a España, el cual siguió imperando en nuestro país hasta la muerte de Fernando VII en septiembre de 1833.

Con este resumen he pretendido narrar uno de los episodios más bochornosos de la historia contemporánea de España. La de un país que cuando se levantó en armas fue realmente contra el enemigo equivocado. No es que los franceses no fuesen nuestros enemigos, que lo eran, pero sin duda la llegada de los Bonaparte a España habrían supuesto el inicio de una serie de reformas basadas en las ideas de la Ilustración que con gran probabilidad habrían supuesto un progreso para España en aquel entonces. La Guerra de la Independencia en primer lugar y el consecuente regreso de los Borbones a España, llevados ignorantemente en volandas por los sublevados, supuso el fin de cualquier posibilidad de que España estuviese a la altura de los países más prósperos de Europa a principios del siglo XIX. 

Buena prueba de ello es que gracias al despotismo de Fernando VII, las pérdidas de nuestros territorios en América fueron masivas durante el reinado del hijo de Carlos IV: México, Argentina, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, etc, son solo algunos de los territorios que España perdió con el regreso de los Borbones y el reinado tiránico de Fernando VII. Es por esto por lo que la corrupción durante el reinado de Carlos IV, la Guerra de la Independencia, y la consiguiente vuelta de los Borbones supusieron el fin del Imperio Español, el cual tendría su culmen en 1898 con la pérdida de los últimos territorios, como Cuba, Puerto Rico o Filipinas. 

Más de doscientos años después, España sigue atrasada y envuelta en un sinfín de escándalos de corrupción propios de la España de Carlos IV, pero esta vez con Felipe VI, Letizia Ortiz, Pedro Sánchez y muchos otros como protagonistas de esos escándalos. Dentro de unas horas, nuestras tropas volverán a desfilar por Madrid mientras el país se descompone por momentos. Dentro de unas horas, nuestras tropas volverán a desfilar ante el Carlos IV actual (Felipe VI), y frente al Godoy del siglo XXI (Pedro Sánchez). A diferencia de lo ocurrido en 1808, cuando el sistema colapsó, aquí el sistema está ya colapsado, pero no hay ni habrá ningún motín de Aranjuez ni ningún país extranjero que nos "salve" de la decadencia a la que estamos sometidos nuevamente con la clase política española y los Borbones. Este es el destino irónico y trágico al que está sometido España, al de ser una nación que se autodestruye por sí misma mientras ninguno de nuestros enemigos externos lo han logrado jamás. Los españoles conmemoramos hoy pues nuestra Fiesta Nacional en plena decadencia social, política, cultural y económica sin que nada ni nadie lo remedie. 

viernes, 5 de septiembre de 2025

Juan Carlos I-Felipe González/Felipe VI-Pedro Sánchez: dos relaciones antagónicas


Hace diez años, en 2015, Felipe VI llevaba ya un año reinando como rey de España después de la abdicación de su padre, Juan Carlos I, en junio de 2014. En aquel entonces, y tras la retirada (o mejor dicho, la retirada forzada) del hoy rey emérito y tras la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba como líder del PSOE y la posterior llegada en paralelo a la de Felipe VI de un joven y desconocido Pedro Sánchez como nuevo secretario general de los socialistas, muchos comenzaron a mirar de reojo al entonces presidente del gobierno, Mariano Rajoy. 

Si el propio rey Juan Carlos y Rubalcaba, hasta entonces líder de la oposición, se habían marchado a la misma vez tras las polémicas elecciones europeas de mayo de 2014 (Rubalcaba alegó que no se fue de inmediato porque, siendo conocedor con anterioridad a la abdicación, temía lo que pudiese hacer el PSOE a la hora de votar la Ley Orgánica que regulase la abdicación) ¿Por qué no podía hacer lo mismo Mariano Rajoy? Muchos veían la situación en 2015 y, sobre todo en 2016, similar a la de 1976. Algunos consideraban a Rajoy miembro de esa misma generación que en 2014 había dado un paso atrás en favor de otra generación más joven (la representada por Felipe VI y Pedro Sánchez). 

Siguiendo esa similitud, muchos veían a Felipe VI como la encarnación de un tiempo nuevo, similar a la que representaba su padre tras la muerte de Franco en noviembre de 1975, mientras que a su vez otros muchos veían en Mariano Rajoy a una especie moderna de Carlos Arias Navarro. Un presidente inmóvil, pasado de moda, sin carisma, serio y anticuado, el cual debía de jubilarse cuanto antes para dar paso de inmediato al que debía ser, para muchos, el equivalente al Adolfo Suárez de 2015/2016. 

Muchos vieron en Pedro Sánchez y/o en Albert Rivera (entonces líder de Ciudadanos) como los candidatos perfectos para ejercer ese papel moderno de Adolfo Suárez, con el fin de llevar a cabo las reformas que España necesitaba o, mejor dicho, tomarle el pelo nuevamente a la ciudadanía a la hora de ir, como muchos afirmaban, a una II Transición después del tsunami Zapatero y la inmovilidad absoluta de Rajoy. Lo que muchos no sabían, y se niegan a reconocerlo incluso diez años después, es que el sistema no necesitaba ya una reforma, sino ser abolido, ya que en aquel entonces ya estábamos asistiendo, y hoy más que nunca, a un deterioro progresivo e irreversible del denominado régimen del 78, similar al que desde 1917 y, sobre todo, desde 1923, se produjo con el sistema de la Restauración. 

A pesar de los intentos por parte de muchos sectores influyentes de la sociedad española para que Rajoy se retirase en 2015/2016, el entonces presidente del gobierno alegaba que aún no había consumido su tarea. Recuerdo de hecho un artículo publicado en 2016 donde, después de que Rajoy rechazase el ofrecimiento de Felipe VI para ir a la investidura, se comenzó a hablar de los recelos e incluso el rechazo que desde Zarzuela se miraba a Rajoy (y no precisamente por declinar la investidura). Recuerdo que en el artículo mencionaban que desde Casa Real se referían en tono despectivo a Rajoy como "el abuelo". Un indicio de cómo desde Zarzuela estaban impacientes porque el Arias Navarro del siglo XXI abandonase por fin la Moncloa para dar paso al que debía ser el Adolfo Suárez de nuestro tiempo. 

Finalmente, y para disgusto de todos, Rajoy salió reelegido en 2016 y con ello se vieron truncadas las esperanzas del sistema para que el Adolfo Suárez de ese tiempo nuevo que se había abierto con la llegada de Felipe VI llegase al poder. No fue entonces hasta 2018, dos años después, y como consecuencia de la devastadora sentencia del caso Gürtel, cuando Pedro Sánchez por fin consiguió desalojar a Rajoy del poder y alcanzar la Moncloa a través de la moción de censura de junio de 2018. Un segundo asalto que esta vez sí fue exitoso, tras el primer intento fallido en marzo de 2016, cuando Felipe VI le encargó ir a la investidura que perdió estrepitosamente. 

Felipe VI, el cual siempre se dijo que no tuvo la mejor de las relaciones con Mariano Rajoy (aún siendo éstas infinitamente mejores que las que el monarca tiene con Pedro Sánchez), y que estaba deseando de librarse del por entonces presidente del gobierno, por fin vio cumplido su sueño de deshacerse del gallego y dar la bienvenida al que, supongo que incluso él también lo creía, iba a ser su Adolfo Suárez particular. Pero a partir de junio de 2018 se pudo comprobar que la relación de Felipe VI con Sánchez iba a ser precisamente la contraria a la que todos esperaban que se fuese a producir. 

Una vez dicho esto, me remonto a treinta y seis años atrás: diciembre de 1982. En aquel entonces, Felipe González acababa de ganar las elecciones generales de octubre con la más amplia mayoría absoluta que hasta ahora ha tenido (ni tendrá a este paso) un partido político. Con más de 200 diputados, González llegaba de forma exultante al poder, con la incertidumbre por parte de algunos de cómo se iban a desarrollar la relación entre el líder de un partido históricamente republicano y el nieto de un monarca (Alfonso XIII) al que cincuenta años atrás el propio PSOE había contribuido a derrocar para dar paso a la II República. 

Pero para sorpresa de todos, o quizás no tanto, la relación entre Juan Carlos I y Felipe González no pudo ser más compenetrante. El jefe del Estado y el jefe del gobierno se entendían a la perfección. Lejos quedaba ya aquellos tiempos no muy lejanos en los que Juan Carlos estaba hastiado por el control que Suárez hacía de él y de sus movimientos, provocando el deterioro absoluto en su relación monarca-presidente. Con González todo era distinto. 

Ambos eran, hablando claramente, dos golfos que se entendían solo con mirarse. Juan Carlos I era un tipo que, a diferencia de su abuelo, pasaba de meterse en política, salvo cuando las circunstancias fuesen estrictamente necesarias (Operación Armada, 23-F) y solo buscaba ir de cama en cama con sus amantes, cobrar comisiones millonarias por las exportaciones de petroleo de Arabia Saudí a España y disfrutar de la vida, en resumidas cuentas. 

González, por su parte, y con más de 200 diputados, tenía carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, y de hecho era lo que pretendía hacer. Juan Carlos quería disfrutar y González gobernar. Ninguno de los dos iban a entrometerse en el papel que desempeñase el otro. Ambos vieron el cielo abierto y durante los catorce años que duró el gobierno de Felipe González, el rey se dedicó a sus placeres y el político sevillano a gobernar el país a su antojo. Además de eso, la relación personal entre ambos, incluyendo a sus parejas, se dice que eran excelentes. 

Se dice de hecho que eran frecuentes las veces que el matrimonio formado por Felipe González y Carmen Romero iban a Zarzuela para acudir a la sala de cine que la familia real tiene allí para ver junto al rey Juan Carlos y la reina Sofía al menos una película a la semana. Personalmente debo añadir que dudo mucho de esta versión, y más si tenemos en cuenta que, como se ha podido demostrar posteriormente, la relación matrimonial entre Juan Carlos y Sofía estaba ya practicamente rota cuando Felipe González llegó al poder. Aún así, sí es verdad que la relación, no solo entre el rey y el presidente, sino entre los dos matrimonios era bastante buena y cordial. 

En mi opinión, esta relación tan estrecha y cómplice (y que aún continúa) fue resultado, entre otros factores, del origen de Felipe González, el cual provenía de la Democracia Cristiana y que, por razones que se desconocen, acabó pasándose a la izquierda socialdemócrata. Un Felipe González que fue un protegido del CESED de Carrero Blanco y un topo del SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) y de los estadounidenses, con el fin moderar a un PSOE cuyo historial criminal y totalitario era extenso en la historia de España, y al cual debía de moldear para que fuese uno de los dos principales partidos que sosteniesen lo que iba a ser el régimen del 78. 

Muchos consideran de hecho que Felipe González nunca fue un presidente de izquierdas, sino un político socioliberal de centro y monárquico, de ahí no solo su buena relación con la Corona sino su ferviente apoyo a la misma. Estos mismos que sostienen esta teoría consideran que el primer presidente de izquierdas que ha habido en España (en el mal sentido, en mi opinión) fue José Luis Rodríguez Zapatero, seguido por Pedro Sánchez. Sostienen a su vez que González nunca se sintió cómodo liderando un partido como el PSOE, sino que su verdadera ambición era la de liderar un partido como la CDU alemana (el equivalente al PP), como así se lo aseguró alguna vez Alfonso Guerra a Mario Conde. Una anécdota que el ex presidente de Banesto ha recordado varias veces. 

Los problemas vinieron cuando estallaron los casos de corrupción que afectaban al PSOE y al felipismo en su conjunto: los GAL, los Fondos Reservados, Filesa, Mariano Rubio, Luis Roldán, las escuchas del CESID, etc. González comenzó a verse cada vez más acorralado políticamente, sobre todo tras ganar para sorpresa de todos las elecciones generales de junio de 1993. Aquella última legislatura fue, precisamente el comienzo del fin del felipismo, el cual culminaría en mayo de 1996, cuando José María Aznar tomó posesión como presidente del gobierno, produciéndose después de década y media un relevo de partidos en el gobierno de España. 

Sin embargo, incluso entre los años 1993-1996 (última legislatura de González), el apoyo de Juan Carlos a su presidente fue absoluto. Juan Carlos no era idiota y, por supuesto, ese apoyo se lo brindaba en privado. Lo vivido en la última legislatura de González fue una crisis de Estado (pequeña en comparación con la que vivimos ahora), donde la corrupción que afectaba de lleno al felipismo iba unida a su vez a la propia Monarquía. La estrecha relación de amistad entre rey y presidente había ido hasta tal punto que incluso las corruptelas de Moncloa estaban unidas a la de la Zarzuela y esto podía provocar la caída del sistema.

De hecho, en una noticia publicada el año pasado, en plena oleada de conversaciones que salieron a la luz entre Juan Carlos I y Bárbara Rey, hay una que yo no sabía hasta hace nada y que ha pasado completamente desapercibida. En dicha conversación, Juan Carlos aseguraba a Bárbara Rey (la cual lo estaba grabando sin su consentimiento para luego hacerle chantaje económico) que un sector del PSOE, concretamente el más izquierdista, liderado por Alfonso Guerra y con la complicidad de IU y algunos intelectuales de izquierdas, estaban buscando la forma de acabar con la Monarquía si con eso acababan a su vez con Felipe González. Una noticia curiosa, interesante y extremadamente grave para la época que demuestra hasta qué punto los destinos del rey y del presidente estaban inexorablemente unidos y como ambos se apoyaban mutuamente. 

Y es que Juan Carlos, a pesar de todo lo que había en juego, apoyó en todo momento a González (supongo que también por intereses personales), aunque en privado. Sin embargo, y ante el temor de que la idea de llevarse por delante al entonces presidente del gobierno llevase consigo la posibilidad de que la Corona cayese con él, provocó que en cierta forma, y muy a su pesar, Juan Carlos creyese que para relajar la situación, lo mejor era que el PP de Aznar ganase las elecciones y el felipismo pasase a mejor vida. Así ocurrió en 1996, aunque tras aquel relevo, las relaciones entre Aznar, ya como presidente, y Juan Carlos no fueron precisamente las mejores desde el punto de vista personal. 

De hecho, si tuviésemos que hacer una comparación entre la relación de Felipe VI con Pedro Sánchez con la que tuvo su padre con alguno de sus presidentes, esta sería equiparable sin duda, aunque salvando las distancias, con la que Juan Carlos tuvo con Aznar. De hecho, y según escribió Jesús Cacho en el polémico y casi censurado libro "El negocio de la libertad", Juan Carlos se mofaba constantemente en público de Aznar y en alguna que otra ocasión, cuando hablaba con Aznar, se dirigía a él como "Felipe" (el grado de confianza entre el rey y González les llevaba incluso al tuteo), alegando posteriormente tras el enojo de Aznar que se le olvidaba que González ya no era el presidente.

Una vez narrada la primera parte de esta comparación, nos situamos de nuevo en 2018 para contar la segunda parte, cuando Pedro Sánchez toma posesión como presidente del gobierno en junio de hace ya siete largos, insufribles e interminables años. Mientras que con Juan Carlos y Felipe González, había cierta inquietud al principio sobre cómo se desarrollaría la relación entre ambos, en el caso de Felipe y Pedro Sánchez se creía que ambos tendrían una relación de lo más sana y cordial. Nada más lejos de la realidad. Tras la llegada de Sánchez al poder, los desplantes del actual presidente al jefe del Estado han sido constantes. Se habla desde hace tiempo que incluso los despachos semanales en Zarzuela entre rey y presidente ya no existen prácticamente, debido a que Sánchez apenas acude a ver al monarca para despachar los asuntos de Estado. 

Todo ello, por no hablar de la nefasta relación personal que existe, no solo entre el jefe del Estado y el jefe del ejecutivo, sino entre la propia Letizia Ortiz y la esposa de Sánchez, la multimputada Begoña Gómez. Y por supuesto, y como telón de fondo, la situación política de Sánchez, el cual fue llevado al gobierno y mantenido actualmente por partidos que rechazan de lleno la Monarquía española y apuestan por ir claramente hacia una III República. Con estos socios, los cuales le hacen igualmente desplantes al rey, el contexto tanto político como personal entre Pedro Sánchez y Felipe VI es completamente antagónico al que mantuvieron hace treinta y cuarenta años Juan Carlos I y Felipe González. 

Por si fuera poco, el escándalo que supuso en 2020 la publicación de las cuentas bancarias que Juan Carlos I tenía en paraísos fiscales, provocó que el hoy rey emérito se auto exiliase a Arabia Saudí tras la presión de Pedro Sánchez y sus socios republicanos, e incluso del propio Felipe VI, para que abandonase cuanto antes el país. Algunos incluso mencionan que en esa operación para obligar a Juan Carlos I a exiliarse estaba implicada Letizia Ortiz, algo que dudo que sea así pero que tampoco descarto. 

Un escenario sin precedentes en la Monarquía española, la cual ha quedado completamente erosionada por el gobierno de Sánchez y sus socios republicanos. A todo esto hay que sumarle también el desgaste y la pérdida de apoyos en ciertos sectores de la población conservadora con respecto a la Monarquía y a Felipe VI cuando éste ha firmado sin rechistar las normas y decretos más controvertidos de la época de Sánchez: indultos y amnistía contra los independentistas catalanes después del firme discurso que dio el 3 de octubre de 2017, la Ley del Sí es Sí, la Ley de Memoria Democrática, sumisión absoluta ante el poder despótico de Sánchez, etc. 

Por otro lado cabe añadir, para más señas, que Juan Carlos y González eran y son prácticamente de la misma generación. Cuatro años y dos meses son los años que separan solamente a Juan Carlos I (nacido en enero de 1938) con Felipe González (nacido en marzo de 1942). Pero lo más sorprendente es que precisamente Felipe VI y Sánchez se llevaban exáctamente la misma diferencia de edad, en este caso cuatro años y un mes. Felipe VI (nacido en enero de 1968) y Pedro Sánchez (nacido en febrero de 1972) son igualmente de la misma generación, como antes lo fueron sus predecesores. Sin embargo, a pesar de compartir generación, las diferencias entre ambos, así como la frialdad y la tensión entre ellos es bastante notoria, aunque éstos lo intenten disimular en público. 

Como culmen final, en este año 2025, el cual se parece en exceso al de 1995, como ya escribí en junio de este año, las corrupciones que afectan de nuevo al PSOE, al propio Pedro Sánchez, a su familia y a otras instituciones del Estado amenazan, según algunos, con llevarse por delante a la Corona. Son ya algunas las voces que, como ya he comentado en otras entradas, aseguran que Sánchez, ante el temor de perder el poder, ha decidido tirar la casa por la ventana y filtrar desde su entorno a la UCO conversaciones entre él y la propia Letizia Ortiz, en las cuales habría una relación que va más allá de lo puramente profesional y donde, según indican estas voces (insisto, son solo rumores pero aseguran que el escándalo a salir tarde o temprano) Letizia habría pedido asesoramiento fiscal a Sánchez para desviar dinero a la República Dominicana, lo cual habría hecho viajando junto al presidente en el Falcon en diversas ocasiones para depositar unas sumas de dinero bastante elevadas y cuyo origen se desconoce (algunos creen que podría tratarse de la propia herencia de Juan Carlos I que Felipe VI rechazó en su día). 

Pero hay quienes aseguran que la relación no es solo de intereses económicos, sino incluso sentimentales o, cuando menos, sexuales. Un escenario pues parecido al que en 1800 se vivió en España con el entonces primer ministro, Manuel de Godoy y la entonces reina consorte, María Luisa de Parma, ante la pasividad de un débil monarca como fue Carlos IV. Todo esto son, por supuesto, especulaciones, pero son varios los medios digitales que aseguran que lejos de ser un escenario descabellado, es la pura realidad que se está viviendo en estos momentos en los centros de poder en España a lo largo de estos años y que, tarde o temprano, van a salir a la luz, ya que según afirman, la UCO ya está investigando este asunto. Yo personalmente no creo que vaya a salir jamás este escándalo a la luz, ya que esto supondría liquidar de un plumazo el régimen del 78 y con ello una Monarquía cada vez más prescindible y debilitada. 

De salir este turbio y delicado asunto a la luz, el escándalo no afectaría solo a Sánchez y a Letizia, sino también al propio Felipe VI, ya que además de quedar humillado tras confirmarse que su esposa le ha sido infiel con el presidente del gobierno, las preguntas que habrían que hacerse son ¿Hasta dónde era conocedor Felipe VI no ya de la supuesta relación sexual/sentimental de Sánchez con la actual reina consorte, sino qué sabía de los desvíos de dinero a la República Dominicana? ¿Sabía él de su procedencia? ¿Quiénes figuran en esas supuestas cuentas desviadas a Santo Domingo? ¿Letizia, Sánchez, Felipe VI, Leonor, Sofía? En definitiva, es una especulación bastante grave que, aunque no dudo en absoluto que pueda ser verdad, dudo mucho de que alguna vez salga a la luz. 

En definitiva, con esta entrada he querido hacer un resumen y una exposición sobre dos casos bastante diferentes de dos relaciones y dos generaciones completamente opuestas. Esta es la historia de dos formas absolutamente opuestas de compenetrarse en el poder por parte de los titulares de las dos instituciones más importantes de un país: la jefatura del Estado y la jefatura del gobierno. Si en la primera hubo compenetración y química absoluta, en la segunda ha habido tensión e incluso humillación. 

En lo que a mí respecta, ignoro cuánto le queda de reinado a Felipe VI, cuántos presidentes más tendrá a lo largo de su reinado después de Sánchez, e incluso cómo acabará su periodo como rey, pero lo que sí tengo completamente claro es que su reinado y su legado quedarán inexorablemente unidos a la presidencia de Sánchez. De hecho, con independencia del tiempo que Sánchez siga en el poder, esta cuestión ya es un hecho. Si en los cuarenta años de reinado de Juan Carlos I fue la presidencia de Felipe González la que marcó indudablemente su reinado y su legado, en el caso de su hijo estos dos factores están ya unidos al actual jefe del gobierno. 

Los destinos de Juan Carlos I y de Felipe González estaban unidos no solo por su complicidad personal y sus trapicheos mutuos, sino por haber erigido juntos lo que hoy en día conocemos como el régimen del 78. En el caso de Felipe VI y de Pedro Sánchez, sus destinos están unidos por el mal camino: el de la antipatía, los desencuentros, la falta de entendimiento y el desprestigio. Pero hay otro componente más que culminan el cruce de sus destinos: ser los enterradores de ese mismo régimen del 78 que nació enfermo y que ahora se encuentra dando sus últimos coletazos.