miércoles, 15 de octubre de 2025

¿Pax Trumpiana?


Poco después de la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Actium y el suicidio de éstos, y una vez concluida la cuarta Guerra Civil de la República Romana, el hasta entonces joven Octavio César, sobrino nieto de Julio César, pasó a denominarse Augusto y fue proclamado primer emperador de Roma en el 27 a. C, dando inicio con ello al Imperio Romano y también a un periodo de doscientos años conocido en la historia como Pax Augusta o Pax Romana. Este periodo, no exento de guerras y conquistas romanas, trajo paz y estabilidad interna al Imperio desde el gobierno de Augusto hasta el gobierno de Marco Aurelio en el 180 d. C. 

Dos mil años después, parece que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quiere emular al emperador Augusto y traer un periodo de paz a nivel mundial que dure, como mínimo, cien años. La propuesta de paz con respecto a la situación bélica que se vive en Oriente Medio y la posterior firma de esos acuerdos, los cuales ha firmado Trump en Egipto con su presidente este pasado lunes, 13 de octubre, junto con los presidentes de Catar y Turquía, han dado inicio a la primera fase de ese acuerdo de paz, el cual tiene un objetivo de dos años, hasta que se implante completamente la paz en 2027, según el periodo marcado por Trump en su propuesta. 

Una propuesta de paz en Oriente Medio que veremos a ver cómo acaba. De momentos los rehenes y fallecidos están siendo liberados por ambas partes (Israel y Palestina), y el alto el fuego parece que es una realidad. Aun así, y espero equivocarme en mi predicción, mucho me temo que la propuesta de Trump no va a resultar un éxito a medio y largo plazo. ¿Por qué? porque la propuesta del presidente estadounidense sobre cuestiones como las de la creación del futuro Estado de Palestina y la forma en la que esta creación se hará es ambigua, así como otros puntos de la propuesta, como puede ser la persona que gobernará Gaza durante el periodo de transición en estos años. Ya hay fuertes rumores que apuntan al ex primer ministro británico, Tony Blair, como el hombre que será designado para convertirse en el futuro "gobernador". Todo un hombre de paz y con un currículum pacífista impecable, qué duda cabe. Nótese la ironía con respecto a esto último.

Por otro lado, espero y deseo equivocarme, pero me temo que la propuesta firmada por EEUU junto a Egipto, Catar y Turquía (todos ellos, mediadores y garantes del cumplimiento de ese acuerdo) no va a llegar a buen puerto, ya que la propia propuesta sigue sin convencer del todo a ambas partes y todo hace indicar que las hostilidades pueden saltar de nuevo más pronto que tarde. Por no hablar de que estamos ante un conflicto que tiene más de treinta siglos de disputa, lo cual es bastante improbable que pueda solventarse de repente con unos acuerdos ambiguos en algunas partes y que no satisfacen del todo o bien a Israel o bien a Palestina. 

Pero aquí no queda la paz mundial que supuestamente ansía Trump. El presidente estadounidense ya ha dejado claro que su próximo objetivo es el de poner fin a la guerra de Ucrania. Este mismo viernes, Zelenski visitará la Casa Blanca de nuevo. Una visita que, unido al reciente acercamiento entre Trump y Zelenski, busca presionar a Putin para que el presidente ruso acepté por fin sentarse a negociar con EEUU y Ucrania y buscar definitivamente el fin de una guerra que, como ya he dicho en otras ocasiones, ha sido de facto un conflicto bélico indirecto entre Rusia y EEUU, sobre todo durante la nefasta presidencia de Joe Biden.
 
Veremos a ver cómo acaba este nuevo escenario geopolítico a nivel global que Trump ha abierto con la ya histórica firma en Egipto de los acuerdos de paz en Oriente Medio y las negociaciones que el presidente estadounidense desea iniciar ya con Rusia y Ucrania para detener el conflicto bélico iniciado en febrero de 2022. Lo que sí está claro es que Trump desea emular a Augusto César e implantar definitivamente una paz mundial, la cual sería su definitivo legado en este último mandato como presidente de los Estados Unidos. 

Esto confirma una vez más la tesis que durante años se ha venido debatiendo acerca de la idea de que Estados Unidos es el Imperio Romano del siglo XX y XXI, y que el poder y la influencia de los presidentes estadounidenses es similar a la de los emperadores romanos hace dos mil años. Por otro lado, esto corrobora igualmente dónde radica verdaderamente la hegemonía mundial, que no es en otro lugar que en el Despacho Oval. Buena prueba de ello es que Trump y EEUU han reafirmado su autoridad a nivel mundial tras los acuerdos firmados en Egipto.

Cabe añadir también que todo lo que estamos viviendo no es porque Trump desee fervientemente la paz a nivel mundial, sino porque el actual inquilino de la Casa Blanca ansía ser galardonado con el Premio Nóbel de la Paz. A Trump la paz y la guerra mundial le traen sin cuidado, solo hay que ver cómo desde Washington se ordenó bombardear las bases nucleares de Irán en junio de este año. La cuestión es que hay muchos intereses en juego por los que Trump ansía la paz en Oriente Medio y también en Ucrania, y de esa forma lograr su ansiado Nobel de la Paz.

Una distinción de la cual el propio Trump ha afirmado en varias ocasiones públicamente que merece ser reconocido. La ambición del presidente americano parece pues no tener límites y ahora busca a la desesperada, a través de las negociaciones y posteriores acuerdos de paz, un reconocimiento que le lleve a terminar en 2029 su segunda presidencia bajo un mundo en permanente paz, la denominada por algunos Pax Trumpiana. Ahora la cuestión es ¿Conseguirá Trump dejar como legado esa paz mundial en enero de 2029? ¿Logrará convertirse en el Augusto del siglo XXI o fracasará en el intento el "emperador americano"? próximamente saldremos de dudas. 

domingo, 12 de octubre de 2025

La oportunidad perdida de España


Hoy, 12 de octubre, Día de la Hispanidad, creo que es conveniente recordar uno de los episodios más controvertidos de nuestra historia contemporánea, del cual ya hablé el año pasado en la entrada que publiqué sobre Napoleón Bonaparte. Me refiero a los hechos que sucedieron en los primeros años del siglo XIX en nuestro país, con la Corte del entonces rey de España, Carlos IV, y la posterior sublevación de la sociedad española en favor de los Borbones durante la Guerra de la Independencia. 

Y es que son pocas las veces que el pueblo español se ha levantado contra sus gobernantes y el establishment de entonces, pero cuando lo ha hecho ha sido de forma torpe y eligiendo posicionarse al lado del verdadero enemigo de nuestros intereses. En la España de 1808 ocurrió tal cual. Nuestro país vivía en una situación límite, donde las traiciones, los escándalos, las intrigas palaciegas, las luchas de poder y la corrupción sistemática instaurada en la Corte de Carlos IV, junto con la reina María Luisa de Parma y el entonces primer ministro de España (aún no existía en nuestro país el título de presidente del consejo de ministros), Manuel de Godoy, llevaron a nuestra nación al abismo pocos años después de que en Francia la Ilustración y la Revolución Francesa arrasasen con la Monarquía borbónica y el Antiguo Régimen. 

Muchas fueron las traiciones y los episodios bochornosos que nuestro país vivió en los últimos años del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX: el complot de El Escorial, el Tratado de Fontainebleau, el motín de Aranjuez, las abdicaciones de Bayona, el levantamiento del 2 de mayo, la propia Guerra de la Independencia y el posterior regreso de Fernando VII a España, unido al consiguiente perjurio de la Constitución de Cádiz y el regreso del absolutismo. 

Una cadena de desgracias iniciadas en una Corte conspirativa, decadente y corrupta, como fue la de Carlos IV, donde el carácter débil, pasivo e irresponsable del monarca hacían que el verdadero poder residiese en Godoy, entonces primer ministro, y en la reina consorte, María Luisa de Parma, los cuales siempre han estado en el foco de los rumores al hablarse de una relación sexual/sentimental entre ambos. Una situación que nos recuerda, salvando las distancias, a la actual, con los fuertes rumores sobre la relación estrecha entre Pedro Sánchez y Letizia Ortiz, la pasividad y debilidad absoluta del actual rey, e incluso la posible homosexualidad de Felipe VI, la influencia que ejerce entre las sombras la propia Letizia Ortiz y la corrupción y los escándalos que acechan tanto al propio gobierno del PSOE como a la Casa Real en estos momentos.

Como se puede apreciar, la historia parece repetirse desde la Corte de Carlos IV en 1808 a la de Felipe VI en pleno 2025. Obviamente, y a diferencia de lo ocurrido entonces, los españoles no se levantarán contra nadie, ya que la sociedad está lo suficientemente adormecida, adoctrinada y aborregada como para levantarse contra el status quo actual. En 1808 sí lo hicieron, y ese levantamiento supuso a su vez la perdición de España. Como ya dije en la entrada que escribí el año pasado sobre Napoleón Bonaparte, no seré yo quien defienda la invasión de los franceses a nuestro país. 

A ninguna persona con dos dedos de luces le gusta que un país extranjero invada el suyo propio; pero también hay que tener en cuenta el fondo de la cuestión. Los españoles se levantaron en armas contra los franceses tras producirse una serie de hechos deleznables. En 1807 se produce el denominado "complot de El Escorial", donde el entonces príncipe de Asturias, Fernando de Borbón, se levantó contra su padre, el rey Carlos IV, con el objetivo de destronarlo y provocar a su vez la caída política de uno de su principales enemigos políticos, el propio Godoy. 

Dicho levantamiento, el cual fracasó estrepitosamente gracias a los agentes secretos de Godoy, provocó la detención del futuro Fernando VII y la consolidación absoluta del propio primer ministro como el verdadero centro de poder en España. Meses después, ya en 1808, se produce el motín de Aranjuez, donde los partidarios de Fernando utilizaron a la población de Madrid para asaltar el palacio donde vivía el denominado príncipe de la Paz (título que Carlos IV otorgó a Godoy por sus negociaciones en el Tratado de paz de Basilea) y provocar su caída política junto con la del propio Carlos IV; objetivos todos ellos conseguidos gracias a la hábil propaganda que los denominados "fernandinos" propiciaron entre el pueblo de Madrid. Una especie de "asalto al palacio de Invierno" pero de una forma más paleta y surrealista. El resultado de todo esto provocó la abdicación de Carlos IV en favor de Fernando VII y la detención y posterior caída política de Godoy. 

Por si fuera poco, Napoleón, viendo la crisis política que vivía España, convoca tanto a la familia real española como a Godoy a Bayona, con la excusa de "apaciguar las aguas" entre el rey destronado y el nuevo monarca. ¿El resultado? todos los sabemos ya: Napoleón realiza realmente una encerrona a los Borbones en Bayona, exigiéndole en primer lugar la abdicación a Fernando VII y posteriormente al ya rey destronado, Carlos IV. Todo esto después de que, en las luchas internas de poder en Madrid, Fernando mantuviese previamente correspondencia con Napoleón para ganarse su apoyo e incluso pedir la mano de una de sus sobrinas con el fin de entablar de esta forma la alianza entre España y Francia.

Antes de esto, Godoy y Napoleón ya habían firmado el aberrante Tratado de Fointainebleau, el cual supuso la autorización por parte de España para que Napoleón entrase en la Península Ibérica con el fin de tomar Portugal y repartírsela con España. Por supuesto, Napoleón nunca tuvo en ningún momento la intención de repartirse nada, solo el de doblarle el pulso a una frágil y débil Monarquía como la de Carlos IV con el objetivo de entrar en España y adueñarse de ella. 

Con las tropas francesas ya en España y con los Borbones destronados y arrestados en Francia bajo la custodia de Napoleón, éste designa a su hermano, José Bonaparte, como nuevo rey de España, provocando de esta forma el levantamiento del pueblo español contra los franceses y su apoyo acérrimo a los Borbones, los cuales ya habían dado claras señas de importarles entre cero y nada el destino de España, solo el suyo particular. De esta forma, se inicia la denominada Guerra de la Independencia, la cual duraría seis años y durante la cual José Bonaparte se vio imposibilitado a gobernar un país que rechazaba de lleno la entronización de los Bonaparte en España, así como las reformas que éstos ya estaban implantando en Francia. 

Dicho esto, cabe preguntarse: ¿Fue legítimo el levantamiento de los españoles ante los franceses? absolutamente ¿Cometieron la mayor torpeza al obstaculizar el gobierno de José I y con ello la idea de implantar las reformas surgidas en la Ilustración? totalmente. Como he añadido anteriormente, a ningún país le gusta ser doblegado por otro, y en este caso España estaba viviendo esa situación, pero también es cierto que el pueblo español se erigió no solo en contra de los franceses sino en favor de los Borbones y de la clase política que hasta ese momento había instaurado en nuestro país un sistema de corrupción generalizada. El mayor error de los españoles no fue pues levantarse contra los franceses, lo cual estaba moralmente más que justificado, sino el hecho de levantarse en favor de una familia real que había llevado a España al mayor de los atrasos posibles y a esa situación de corrupción, caos y traición de la que hábilmente se aprovechó Napoleón. 

Frente a todo esto, José I gobernó, o intentó gobernar, bajo el paragüas sistémico que le había otorgado el denominado Estatuto de Bayona, el cual se podría considerar la verdadera y primera Constitución española. Por su parte, y debido al hecho de que las Cortes españolas nunca aceptaron a José I como monarca, éstas se reunieron en Cádiz en mitad de la guerra para aprobar y promulgar la denominada Constitución de 1812, la cual establecía un sistema que reconocía al pueblo español como titular de la soberanía nacional, daba luz en nuestro país a la separación de poderes e instauraba una Monarquía liberal en España con Fernando VII a la cabeza, quien seguía impasible desde el exilio la situación en nuestro país y cómo más de 200.000 españoles morían en suelo patrio en pos de una causa en la que Fernando encarnaba, según los españoles sublevados, el liderazgo puro de ese escenario postbonapartista en España. Cabe añadir que las tres características anteriormente mencionadas (Monarquía liberal, separación de poderes y soberanía nacional) venían incluídas tanto en el Estatuto de Bayona como en la Constitución de Cádiz, aunque, como todos sabemos, el Estatuto de Bayona no gozó del respaldo, la repercusión y el éxito que sí obtuvo la Constitución de 1812. 

Finalmente, y tras la huída de España de José I en diciembre de 1813, se ponía fin a los cinco años de fallido reinado de los Bonaparte en nuestro país. La guerra acabaría pocos meses después, concretamente en abril de 1814, poniendo fin a la ocupación francesa en la península y con ello al inicio del declive de Napoleón en Europa. Por su parte, la huída de José I provocó a su vez el regreso de Fernando VII a España como rey, el cual fue reconocido como tal por Napoleón en el Tratado de Valençay. El primer gesto como rey de Fernando VII fue el de jurar fidelidad a la Constitución de 1812, un juramento que no tardaría mucho tiempo en prevaricar.

Tras su llegada a España, Fernando propició la que sería la primera de sus muchas tropelías: liderar un golpe de Estado en 1814 por el cual derogaba la Constitución de 1812 (la misma a la que él había jurado fidelidad en diciembre de 1813), encarcelaba a los liberales, ponía fin a las Cortes de Cádiz y restauraba el absolutismo en España. Todo un "mérito" en tiempo récord para aquél por quienes muchos habían muerto creyendo que representaba el liderazgo perfecto para una España nueva. Con este giro inesperado (o quizás no tan inesperado) quedaba constatado que los sublevados en la guerra fueron prácticamente unos ignorantes que no habían aprendido nada del despotismo del que habían hecho gala los Borbones hasta 1808 y que a partir de 1813 volverían a ejercer.

De esta forma comenzaría la guerra absoluta entre Fernando VII y los liberales, la cual tendría como culmen el pronunciamiento del general Riego en 1820, el cual triunfó y obligó a Fernando a reestablecer el sistema liberal y la Constitución de 1812. Comenzaría de esta forma el denominado Trienio Liberal, el cual duraría hasta 1823, momento en el que las tropas francesas (con los Borbones nuevamente instaurados también en el trono de Francia) invadieron nuevamente España en auxilio de Fernando VII, con el objetivo de poner fin al régimen liberal y a la Constitución de 1812. Se produce de esta forma la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, una guerra en la que más de 10.000 españoles, partidarios del constitucionalismo de 1812, morirían en aquel conflicto bélico que tiñó de sangre nuevamente España gracias al despotismo de los Borbones. De esta forma, el absolutismo volvía a España, el cual siguió imperando en nuestro país hasta la muerte de Fernando VII en septiembre de 1833.

Con este resumen he pretendido narrar uno de los episodios más bochornosos de la historia contemporánea de España. La de un país que cuando se levantó en armas fue realmente contra el enemigo equivocado. No es que los franceses no fuesen nuestros enemigos, que lo eran, pero sin duda la llegada de los Bonaparte a España habrían supuesto el inicio de una serie de reformas basadas en las ideas de la Ilustración que con gran probabilidad habrían supuesto un progreso para España en aquel entonces. La Guerra de la Independencia en primer lugar y el consecuente regreso de los Borbones a España, llevados ignorantemente en volandas por los sublevados, supuso el fin de cualquier posibilidad de que España estuviese a la altura de los países más prósperos de Europa a principios del siglo XIX. 

Buena prueba de ello es que gracias al despotismo de Fernando VII, las pérdidas de nuestros territorios en América fueron masivas durante el reinado del hijo de Carlos IV: México, Argentina, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, etc, son solo algunos de los territorios que España perdió con el regreso de los Borbones y el reinado tiránico de Fernando VII. Es por esto por lo que la corrupción durante el reinado de Carlos IV, la Guerra de la Independencia, y la consiguiente vuelta de los Borbones supusieron el fin del Imperio Español, el cual tendría su culmen en 1898 con la pérdida de los últimos territorios, como Cuba, Puerto Rico o Filipinas. 

Más de doscientos años después, España sigue atrasada y envuelta en un sinfín de escándalos de corrupción propios de la España de Carlos IV, pero esta vez con Felipe VI, Letizia Ortiz, Pedro Sánchez y muchos otros como protagonistas de esos escándalos. Dentro de unas horas, nuestras tropas volverán a desfilar por Madrid mientras el país se descompone por momentos. Dentro de unas horas, nuestras tropas volverán a desfilar ante el Carlos IV actual (Felipe VI), y frente al Godoy del siglo XXI (Pedro Sánchez). A diferencia de lo ocurrido en 1808, cuando el sistema colapsó, aquí el sistema está ya colapsado, pero no hay ni habrá ningún motín de Aranjuez ni ningún país extranjero que nos "salve" de la decadencia a la que estamos sometidos nuevamente con la clase política española y los Borbones. Este es el destino irónico y trágico al que está sometido España, al de ser una nación que se autodestruye por sí misma mientras ninguno de nuestros enemigos externos lo han logrado jamás. Los españoles conmemoramos hoy pues nuestra Fiesta Nacional en plena decadencia social, política, cultural y económica sin que nada ni nadie lo remedie.