En este año 2026 que acabamos de empezar se cumplen diez años de la primera caída política de Pedro Sánchez. Me refiero a su convulso año 2016, en el cual se presentó a la investidura como candidato a la presidencia del gobierno, saliendo derrotado de aquella investidura, pasando posteriormente por la repetición electoral en junio de 2016 y finalmente su destitución como secretario general del PSOE el 1 de octubre del mismo año.
Todos sabemos ya cuáles fueron los motivos que llevaron a Pedro Sánchez a dimitir de forma obligada en octubre de hace diez años: desde las elecciones celebradas en diciembre de 2015, Pedro Sánchez intentó formar gobierno sin éxito junto a Albert Rivera en el famoso pacto que firmaron en el Congreso allá por febrero de 2016. Era la época en la que Sánchez iba de moderado e intentaba buscar un gobierno de centro/centro-izquierda con el objetivo de desplazar del gobierno a un PP liderado por Mariano Rajoy, el cual había perdido la mayoría absoluta que los populares obtuvieron en 2011.
Como ya he añadido, dicho intento por formar gobierno fracasó en marzo de 2016. Pedro Sánchez tendría que esperar dos años más hasta verse en la Moncloa tras la, esta vez sí, exitosa moción de censura contra Rajoy en junio de 2018. Tras el fallido intento, el cual fue responsabilidad de Podemos, los cuales deseaban en aquel entonces una repetición electoral para sobrepasar al PSOE en los siguientes comicios, vinieron las elecciones de junio de 2016.
Si en diciembre de 2015 el PSOE había obtenido el peor resultado de toda su historia, éste empeoró aún más con la repetición electoral, donde el PP de Mariano Rajoy consiguió un resultado algo mejor que en diciembre como consecuencia del miedo al Brexit (el cual se había votado en Reino Unido tres días antes), el avance de Podemos y la "traición" de Ciudadanos al pactar con Sánchez en febrero, mientras que el PSOE se hundía a unos niveles nunca vistos en la historia reciente de España pero sin sobrepasarles Podemos.
El desenlace de esta historia es de sobra conocido por todos: Pedro Sánchez empezó su lema de "no es no" contra la investidura de Rajoy e intentó por todos los medios un gobierno alternativo, no ya con Ciudadanos, sino con Podemos y todos los partidos independentistas, extremistas y herederos políticos de ETA. Fue entonces cuando la denominada "vieja guardia" socialista, liderada por Felipe González junto a su protegida, Susana Díaz, intentaron por todos los medios desbancar del liderazgo del PSOE a un Pedro Sánchez que ya estaba ultimando su pacto con sus actuales socios de gobierno para ser presidente.
Finalmente, aquella operación orquestada desde el seno del propio PSOE y apoyada entonces por parte del sistema político, económico y social, tuvo su éxito cuando el 1 de octubre de 2016, tras más de diez horas reunidos en el Comité Federal del PSOE, los socialistas destituyeron a Pedro Sánchez cuando éste fue descubierto intentando amañar tras unas cortinas el resultado de la votación en la que se decidía si los allí presentes respaldaban su continuidad o apostaban por su salida.
Pocas horas antes de aquel bochornoso y vomitivo escenario, gran parte de la ejecutiva socialista de Pedro Sánchez dimitió en bloque para demostrar que todos respaldaban a la vieja guardia y que Sánchez se había quedado solo, por el momento, en su intento por llegar a la Moncloa. Finalmente, una gestora presidida por el entonces presidente de Asturias y líder del PSOE asturiano, Javier Fernández, se hizo cargo del partido hasta que en mayo de 2017 se produjo, contra todo pronóstico, la vuelta de Pedro Sánchez en las primarias en las que se batió en un duelo a cara de perro contra Susana Díaz, la misma que hace solo tres años lo había llevado hasta la cima del liderazgo socialista.
Una vez resumido lo ocurrido hace ya una década cabe preguntarse una cuestión bastante interesante: ¿Cómo es posible que Pedro Sánchez llegara hasta el liderazgo del PSOE? Por una serie de factores bastante interesantes a la vez que irónicos a día de hoy. En 2014, con Alfredo Pérez Rubalcaba al frente del PSOE, muchas voces pedían a gritos a la entonces presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, que cruzase de una vez por todas Despeñaperros para desplazar a Rubalcaba y alzarse con la secretaría general del PSOE. ¿Cuál es el problema? Que la criatura deseaba hacerlo pero llevaba poco menos de un año al frente del gobierno andaluz, estaba pues verde todavía y no quería dar un paso que luego pudiese salirle caro.
Tras hablarlo con varios de sus asesores optó por respaldar a un tipo desconocido, el cual serviría de cebo para calentarle la silla de la secretaría general a la sevillana y, una vez llegado el momento, darle paso a ésta para que por fin fuese llevada en volandas hasta el liderazgo socialista. Ese cebo se llamaba Pedro Sánchez, un tipo sin escrúpulos y con una ambición ilimitada que por entonces Díaz subestimó sin saber las consecuencias de su actitud irresponsable.
Era la época en la que un tipo sin carisma ni entusiasmo, pero que a su vez representaba junto a Sánchez y Díaz el relevo generacional dentro del PSOE comenzó a surgir como posible nuevo secretario general del partido. Ese tipo era Eduardo Madina y era visto por muchos como el sucesor natural de José Luis Rodríguez Zapatero al frente del PSOE. Es entonces cuando, aparte de la operación de Susana Díaz por encumbrar a Sánchez en detrimento de Madina, los medios de comunicación conservadores auparon igualmente a Pedro Sánchez como el candidato ideal para este tiempo nuevo que había comenzado aquel año con la dimisión de Rubalcaba tras el desastre del PSOE en las elecciones europeas de 2014, así como la abdicación de Juan Carlos I y la llegada de Felipe VI.
Estos medios, a las órdenes del gobierno (por entonces liderado por Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría), salieron pues a vender la imagen de un Sánchez moderado, centrista y dialogante frente a un Madina extremista, peligroso e inexperto. Lo cierto y verdad es que, entre el apoyo incondicional e interesado de Susana Díaz y la campaña descarada, absoluta e igualmente interesada de los medios de la derecha, Pedro Sánchez consiguió hacerse contra todo pronóstico con el liderazgo del PSOE en julio de 2014.
Es irónico cómo doce años después de aquellos sucesos, hoy es esa misma derecha mediática y la propia Susana Díaz quienes despotrican contra Pedro Sánchez tildándolo de "extremista, golpista, autócrata, sinvergüenza, peligroso, corrupto, amoral y/o cínico", entre otros adjetivos. Por supuesto, no seré yo quien diga lo contrario, ya que todo lo que estos sujetos proclaman a los cuatro vientos sobre el todavía presidente del gobierno son meros piropos en comparación a lo que yo digo sobre Sánchez tanto en este blog como en mi vida cotidiana, y que conste que para mi vergüenza, y sin ser de izquierdas, llegué a votarlo en las elecciones de junio de 2016, ya que veía en él a un tipo que al menos había intentado solventar la crisis política de aquel año (ingenuo de mí); pero dicho esto es interesante ver cómo el guión ha ido cambiando a medida que el personal veía como Pedro Sánchez se quitaba la careta, sobre todo, a partir de su llegada al gobierno en 2018.
Cuando estamos ya en enero de 2026 y Pedro Sánchez se encuentra en estos momentos más acorralado que nunca tanto en términos políticos como personales como consecuencia de la corrupción generalizada que le salpica a él, a su familia y a su propio partido, muchos creen que su segunda y última caída está más próxima que nunca. Yo, personalmente, me van a permitir que lo ponga en duda. Pedro Sánchez fue derrocado una vez, es cierto, pero para resurgir meses después y quedar más reforzado que nunca por una militancia que desde entonces han seguido al líder socialista como a un mesías.
Una situación similar a la que, salvando las distancias, experimentó en 1979 Felipe González, cuando el sevillano dimitió como secretario general del PSOE con el objetivo de echar un pulso al ala más izquierdista del partido y de esta forma eliminar el marxismo de la ideología del PSOE. ¿El resultado? La vuelta de González a la secretaría general del PSOE tras la derrota del ala izquierdista y la confirmación definitiva de éste como líder socialista.
Dicho esto, ¿Es probable que Sánchez caiga? Es perfectamente posible, sí. Ya cayó una vez hace una década, aunque por entonces solo era líder de la oposición. ¿Es posible que resista frente a todo y no solo llegue a 2027 sino que además renueve el cargo, con independencia de los resultados electorales? También es completamente posible, ya que Sánchez es en estos momentos, y a diferencia de 2016 donde sí era cuestionado en su partido, quien dirige como su propio cortijo personal no solo el PSOE sino también el Estado. Dicho esto, si hay algo que Sánchez ha demostrado en estos doce años es tenacidad y suerte, y puede que cuando más acorralado se vea ocurra algo que lo salve contra todo pronóstico, por muy adversas que sean las circunstancias.
Un Pedro Sánchez que nunca habría llegado a donde ha llegado si no fuera, como ya he añadido antes, gracias a la inestimable ayuda de Susana Díaz y Mariano Rajoy (además de por las supuestas grabaciones y presuntos chantajes a políticos, empresarios y personalidades relevantes dentro de las saunas gays de su suegro que los medios ya han destapado). Ambos, cada uno mirando por sus intereses, fueron quienes encumbraron al hoy jefe del gobierno a lo más alto y son los principales responsables del advenimiento del actual inquilino de la Moncloa.
Susana Díaz con el objetivo de tener a una marioneta en Ferraz hasta que ella lo echase de buenas maneras de la silla, y Mariano Rajoy con el objetivo de evitar la llegada al liderazgo del PSOE de un "extremista" Eduardo Madina, el cual ha resultado ser, en comparación con Sánchez, un moderado estadista, como algunas voces incluso de la derecha mediática reconocen ya. Todo ello mientras esas mismas voces hablan abiertamente de que realmente siempre fue Pedro Sánchez y no Eduardo Madina el verdadero sucesor natural de Zapatero, como ya estamos viendo con los escándalos de corrupción del PSOE que están saliendo diariamente en los que también está implicado a su vez el ex presidente. Así está el patio a estas alturas.
Personalmente, no sé cómo acabará esta historia, pero todo indica que los escándalos de corrupción, así como el de los supuestos escándalos sexuales que los medios están destapando ya, van a ir a más en este 2026. Sería irónico que Pedro Sánchez viviese su segunda y quizás definitiva caída política diez años después de la primera; y sería más irónico aún que esa caída se produjese treinta años después de la caída de Felipe González, cuando salió del gobierno en un escenario similar al que actualmente atraviesa Pedro Sánchez, con una corrupción abismal y una crisis institucional sin precedentes. A lo largo de este nuevo año que acaba de empezar veremos si la historia se repite por segunda vez o no.

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