Mientras en España seguimos de luto nacional como consecuencia del devastador accidente ferroviario en Adamuz, en Estados Unidos se cumple un año de la segunda llegada de Donald Trump al poder. Un año en el que se ha podido corroborar una teoría que yo sostenía y que se está cumpliendo conforme transcurren los meses: la segunda presidencia de Donald Trump arruinaría lo obtenido durante su primer mandato entre 2017-2021. En estos momentos, EEUU y el mundo se encuentran ante una de las presidencias más agresivas, imperialistas y polarizadora de los últimos tiempos.
Hace justo un año, EEUU y el mundo despedían una de las presidencias más belicistas, peligrosas e igualmente polarizadora como fue la presidencia de Joe Biden. En aquel entonces era difícil pensar que un año después Donald Trump podría echar por tierra las ansias de cambio por la que sus electores apostaron en noviembre de 2024. Si los votantes de Trump apostaron en 2024 por una vuelta del ex presidente a la Casa Blanca fue porque creían en las promesas del republicano para mejorar la calidad de vida de los estadounidenses en ámbitos como la seguridad, la inmigración, los salarios, la sanidad, la educación, etc.
A pesar de ello, lo que llevamos visto desde enero de 2025 hasta ahora es una presidencia completamente agresiva en la que Donald Trump ya no tiene nada que perder. Como todos sabemos, la vigésima segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos establece que ninguna persona puede estar más de dos mandatos al frente de la administración norteamericana; esto aclara en parte el porqué Trump está actuando con este despotismo propio de un emperador romano o un monarca absolutista. Sabe que ya no tiene nada que perder y mucho que ganar para pasar a la historia por algo lo suficientemente relevante como para que su presidencia tenga un eco eterno en el futuro.
Su política agresiva con respecto a los aranceles, su papel para alcanzar la paz en Oriente Medio, su intervención en la guerra de Ucrania, así como su apuesta por la caída de Nicolás Maduro en Venezuela y, por supuesto, su incesante deseo de anexionar Groenlandia a EEUU está suponiendo toda una presidencia de corte imperialista en la que Trump parece creerse la reencarnación de Augusto César y el deseo de implantar su "Pax Romana", como ya escribí por aquí hace tres meses. Una nueva paz mundial que a Trump le trae sin cuidado, ya que su único deseo e incluso obsesión es la de hacerse con el Premio Nobel de la Paz. El mismo Premio Nobel que María Corina Machado le ha entregado hace tan solo unos días con el objetivo de comprar la presidencia de Venezuela y que Trump ha aceptado con gusto, ya que cree que es merecedor de dicho Nobel.
Esto no es una obsesión por alcanzar sí o sí la paz mundial, sino por obtener un Premio que por ahora se le resiste y por el cual no parará hasta obtenerlo. Sujetos como Jimmy Carter, Barack Obama o Henry Kissinger, entre otros, han sido algunos de los americanos a los que se les ha concedido este premio y Trump, en su afán por obtenerlo todo a cualquier precio, quiere sumarse a esa lista a toda costa. No estamos pues ante un presidente que esté buscando una paz mundial con la mejor de sus intenciones (las buenas intenciones nunca ocurren en política), sino en buscar una paz a su medida con el objetivo de obtener el Nobel antes mencionado.
De esta forma se está viendo la peor cara de Donald Trump, el cual está demostrando ser un tipo avaricioso y egocéntrico (en esto se parece bastante a Pedro Sánchez) que no parará hasta obtener lo que ansía, aunque por el camino tenga que adoptar medidas impopulares o tomar decisiones que puedan poner aún más en peligro la ya inestabilidad mundial. Su objetivo de tomar por las buenas o por las malas Groenlandia, así como su apuesta por tomar el control de todo el continente americano, siguiendo la Doctrina Monroe, demuestra que cuando Trump hablaba a sus seguidores de "Hacer América grande otra vez" lo hacía de forma literal, es decir, con el objetivo de expandir territorialmente el denominado Imperio Norteamericano.
Trump se cree, como ya he dicho antes, una especie de Augusto César, un emperador romano del siglo XXI, el cual tiene una misión divina que cumplir, y parte de esa misión consiste en expandir territorialmente EEUU, aunque eso suponga un conflicto con Dinamarca y por ende con Europa. Nada ni nadie parece detener a Trump en su apuesta por comprar o intervenir militarmente Groenlandia, ya que eso sería uno de sus mayores éxitos en la presidencia y uno de sus legados más profundos. Todo esto en solo un año. No sabemos pues qué tendrá en la mente Trump de aquí a enero de 2029, cuando por fin acabe su segunda presidencia.
Un Trump que, a diferencia de su primer mandato entre 2017-2021, cree absolutamente que salió ileso del atentado que casi le cuesta la vida en julio de 2024 porque Dios le tenía reservado salvar a EEUU de la situación caótica que se encontraba y que aún se encuentra sumido el país. Este es sin duda uno de los fenómenos más peligrosos a los que puede enfrentarse un líder político: creer que todo lo que hace forma parte de un plan divino y que su vida y sus actos están garantizados y justificados porque Dios está de su lado. Como se puede ver, volvemos a tener un paralelismo similar al de los Césares en el Imperio Romano: la creencia de que sus actos están guiados por los dioses o incluso creerse él mismo un Dios.
En definitiva, este primer año de la segunda era de Trump en la Casa Blanca ha sido de todo menos tranquilo, lo cual lleva a uno a preguntarse: si todo esto ha ocurrido en solo un año, ¿Qué no ocurrirá de aquí a tres años? Todo puede ocurrir con un Donald Trump que sabe que el tiempo juega en su contra y que debe aplicar todo lo que tiene en mente antes de que su mandato finalice en enero de 2029. El presidente estadounidense va ya a cara descubierta y nada ni nadie le frenarán a la hora de alcanzar sus objetivos, por muy cuestionables y controvertidos que éstos sean. Trump está, siguiendo el paralelismo cesarista, más dispuesto que nunca a cruzar el Rubicón.
Como ya indiqué cuando ganó en noviembre de 2024, Trump podía verse reflejado en el ex presidente americano Grover Cleveland, cuyo segundo mandato no consecutivo echó por tierra lo obtenido durante su primera presidencia. Todo parece indicar que así será también con Donald Trump en este segundo y definitivo mandato. Un mandato que en noviembre de este año pasará su primera prueba con las elecciones legislativas. Unas elecciones en las que con independencia del resultado, no frenarán a Trump en su agresiva e imperialista política de expandir la hegemonía mundial de Estados Unidos y con ello el legado del propio presidente en la historia.

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