viernes, 5 de septiembre de 2025

Juan Carlos I-Felipe González/Felipe VI-Pedro Sánchez: dos relaciones antagónicas


Hace diez años, en 2015, Felipe VI llevaba ya un año reinando como rey de España después de la abdicación de su padre, Juan Carlos I, en junio de 2014. En aquel entonces, y tras la retirada (o mejor dicho, la retirada forzada) del hoy rey emérito y tras la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba como líder del PSOE y la posterior llegada en paralelo a la de Felipe VI de un joven y desconocido Pedro Sánchez como nuevo secretario general de los socialistas, muchos comenzaron a mirar de reojo al entonces presidente del gobierno, Mariano Rajoy. 

Si el propio rey Juan Carlos y Rubalcaba, hasta entonces líder de la oposición, se habían marchado a la misma vez tras las polémicas elecciones europeas de mayo de 2014 (Rubalcaba alegó que no se fue de inmediato porque, siendo conocedor con anterioridad a la abdicación, temía lo que pudiese hacer el PSOE a la hora de votar la Ley Orgánica que regulase la abdicación) ¿Por qué no podía hacer lo mismo Mariano Rajoy? Muchos veían la situación en 2015 y, sobre todo en 2016, similar a la de 1976. Algunos consideraban a Rajoy miembro de esa misma generación que en 2014 había dado un paso atrás en favor de otra generación más joven (la representada por Felipe VI y Pedro Sánchez). 

Siguiendo esa similitud, muchos veían a Felipe VI como la encarnación de un tiempo nuevo, similar a la que representaba su padre tras la muerte de Franco en noviembre de 1975, mientras que a su vez otros muchos veían en Mariano Rajoy a una especie moderna de Carlos Arias Navarro. Un presidente inmóvil, pasado de moda, sin carisma, serio y anticuado, el cual debía de jubilarse cuanto antes para dar paso de inmediato al que debía ser, para muchos, el equivalente al Adolfo Suárez de 2015/2016. 

Muchos vieron en Pedro Sánchez y/o en Albert Rivera (entonces líder de Ciudadanos) como los candidatos perfectos para ejercer ese papel moderno de Adolfo Suárez, con el fin de llevar a cabo las reformas que España necesitaba o, mejor dicho, tomarle el pelo nuevamente a la ciudadanía a la hora de ir, como muchos afirmaban, a una II Transición después del tsunami Zapatero y la inmovilidad absoluta de Rajoy. Lo que muchos no sabían, y se niegan a reconocerlo incluso diez años después, es que el sistema no necesitaba ya una reforma, sino ser abolido, ya que en aquel entonces ya estábamos asistiendo, y hoy más que nunca, a un deterioro progresivo e irreversible del denominado régimen del 78, similar al que desde 1917 y, sobre todo, desde 1923, se produjo con el sistema de la Restauración. 

A pesar de los intentos por parte de muchos sectores influyentes de la sociedad española para que Rajoy se retirase en 2015/2016, el entonces presidente del gobierno alegaba que aún no había consumido su tarea. Recuerdo de hecho un artículo publicado en 2016 donde, después de que Rajoy rechazase el ofrecimiento de Felipe VI para ir a la investidura, se comenzó a hablar de los recelos e incluso el rechazo que desde Zarzuela se miraba a Rajoy (y no precisamente por declinar la investidura). Recuerdo que en el artículo mencionaban que desde Casa Real se referían en tono despectivo a Rajoy como "el abuelo". Un indicio de cómo desde Zarzuela estaban impacientes porque el Arias Navarro del siglo XXI abandonase por fin la Moncloa para dar paso al que debía ser el Adolfo Suárez de nuestro tiempo. 

Finalmente, y para disgusto de todos, Rajoy salió reelegido en 2016 y con ello se vieron truncadas las esperanzas del sistema para que el Adolfo Suárez de ese tiempo nuevo que se había abierto con la llegada de Felipe VI llegase al poder. No fue entonces hasta 2018, dos años después, y como consecuencia de la devastadora sentencia del caso Gürtel, cuando Pedro Sánchez por fin consiguió desalojar a Rajoy del poder y alcanzar la Moncloa a través de la moción de censura de junio de 2018. Un segundo asalto que esta vez sí fue exitoso, tras el primer intento fallido en marzo de 2016, cuando Felipe VI le encargó ir a la investidura que perdió estrepitosamente. 

Felipe VI, el cual siempre se dijo que no tuvo la mejor de las relaciones con Mariano Rajoy (aún siendo éstas infinitamente mejores que las que el monarca tiene con Pedro Sánchez), y que estaba deseando de librarse del por entonces presidente del gobierno, por fin vio cumplido su sueño de deshacerse del gallego y dar la bienvenida al que, supongo que incluso él también lo creía, iba a ser su Adolfo Suárez particular. Pero a partir de junio de 2018 se pudo comprobar que la relación de Felipe VI con Sánchez iba a ser precisamente la contraria a la que todos esperaban que se fuese a producir. 

Una vez dicho esto, me remonto a treinta y seis años atrás: diciembre de 1982. En aquel entonces, Felipe González acababa de ganar las elecciones generales de octubre con la más amplia mayoría absoluta que hasta ahora ha tenido (ni tendrá a este paso) un partido político. Con más de 200 diputados, González llegaba de forma exultante al poder, con la incertidumbre por parte de algunos de cómo se iban a desarrollar la relación entre el líder de un partido históricamente republicano y el nieto de un monarca (Alfonso XIII) al que cincuenta años atrás el propio PSOE había contribuido a derrocar para dar paso a la II República. 

Pero para sorpresa de todos, o quizás no tanto, la relación entre Juan Carlos I y Felipe González no pudo ser más compenetrante. El jefe del Estado y el jefe del gobierno se entendían a la perfección. Lejos quedaba ya aquellos tiempos no muy lejanos en los que Juan Carlos estaba hastiado por el control que Suárez hacía de él y de sus movimientos, provocando el deterioro absoluto en su relación monarca-presidente. Con González todo era distinto. 

Ambos eran, hablando claramente, dos golfos que se entendían solo con mirarse. Juan Carlos I era un tipo que, a diferencia de su abuelo, pasaba de meterse en política, salvo cuando las circunstancias fuesen estrictamente necesarias (Operación Armada, 23-F) y solo buscaba ir de cama en cama con sus amantes, cobrar comisiones millonarias por las exportaciones de petroleo de Arabia Saudí a España y disfrutar de la vida, en resumidas cuentas. 

González, por su parte, y con más de 200 diputados, tenía carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, y de hecho era lo que pretendía hacer. Juan Carlos quería disfrutar y González gobernar. Ninguno de los dos iban a entrometerse en el papel que desempeñase el otro. Ambos vieron el cielo abierto y durante los catorce años que duró el gobierno de Felipe González, el rey se dedicó a sus placeres y el político sevillano a gobernar el país a su antojo. Además de eso, la relación personal entre ambos, incluyendo a sus parejas, se dice que eran excelentes. 

Se dice de hecho que eran frecuentes las veces que el matrimonio formado por Felipe González y Carmen Romero iban a Zarzuela para acudir a la sala de cine que la familia real tiene allí para ver junto al rey Juan Carlos y la reina Sofía al menos una película a la semana. Personalmente debo añadir que dudo mucho de esta versión, y más si tenemos en cuenta que, como se ha podido demostrar posteriormente, la relación matrimonial entre Juan Carlos y Sofía estaba ya practicamente rota cuando Felipe González llegó al poder. Aún así, sí es verdad que la relación, no solo entre el rey y el presidente, sino entre los dos matrimonios era bastante buena y cordial. 

En mi opinión, esta relación tan estrecha y cómplice (y que aún continúa) fue resultado, entre otros factores, del origen de Felipe González, el cual provenía de la Democracia Cristiana y que, por razones que se desconocen, acabó pasándose a la izquierda socialdemócrata. Un Felipe González que fue un protegido del CESED de Carrero Blanco y un topo del SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) y de los estadounidenses, con el fin moderar a un PSOE cuyo historial criminal y totalitario era extenso en la historia de España, y al cual debía de moldear para que fuese uno de los dos principales partidos que sosteniesen lo que iba a ser el régimen del 78. 

Muchos consideran de hecho que Felipe González nunca fue un presidente de izquierdas, sino un político socioliberal de centro y monárquico, de ahí no solo su buena relación con la Corona sino su ferviente apoyo a la misma. Estos mismos que sostienen esta teoría consideran que el primer presidente de izquierdas que ha habido en España (en el mal sentido, en mi opinión) fue José Luis Rodríguez Zapatero, seguido por Pedro Sánchez. Sostienen a su vez que González nunca se sintió cómodo liderando un partido como el PSOE, sino que su verdadera ambición era la de liderar un partido como la CDU alemana (el equivalente al PP), como así se lo aseguró alguna vez Alfonso Guerra a Mario Conde. Una anécdota que el ex presidente de Banesto ha recordado varias veces. 

Los problemas vinieron cuando estallaron los casos de corrupción que afectaban al PSOE y al felipismo en su conjunto: los GAL, los Fondos Reservados, Filesa, Mariano Rubio, Luis Roldán, las escuchas del CESID, etc. González comenzó a verse cada vez más acorralado políticamente, sobre todo tras ganar para sorpresa de todos las elecciones generales de junio de 1993. Aquella última legislatura fue, precisamente el comienzo del fin del felipismo, el cual culminaría en mayo de 1996, cuando José María Aznar tomó posesión como presidente del gobierno, produciéndose después de década y media un relevo de partidos en el gobierno de España. 

Sin embargo, incluso entre los años 1993-1996 (última legislatura de González), el apoyo de Juan Carlos a su presidente fue absoluto. Juan Carlos no era idiota y, por supuesto, ese apoyo se lo brindaba en privado. Lo vivido en la última legislatura de González fue una crisis de Estado (pequeña en comparación con la que vivimos ahora), donde la corrupción que afectaba de lleno al felipismo iba unida a su vez a la propia Monarquía. La estrecha relación de amistad entre rey y presidente había ido hasta tal punto que incluso las corruptelas de Moncloa estaban unidas a la de la Zarzuela y esto podía provocar la caída del sistema.

De hecho, en una noticia publicada el año pasado, en plena oleada de conversaciones que salieron a la luz entre Juan Carlos I y Bárbara Rey, hay una que yo no sabía hasta hace nada y que ha pasado completamente desapercibida. En dicha conversación, Juan Carlos aseguraba a Bárbara Rey (la cual lo estaba grabando sin su consentimiento para luego hacerle chantaje económico) que un sector del PSOE, concretamente el más izquierdista, liderado por Alfonso Guerra y con la complicidad de IU y algunos intelectuales de izquierdas, estaban buscando la forma de acabar con la Monarquía si con eso acababan a su vez con Felipe González. Una noticia curiosa, interesante y extremadamente grave para la época que demuestra hasta qué punto los destinos del rey y del presidente estaban inexorablemente unidos y como ambos se apoyaban mutuamente. 

Y es que Juan Carlos, a pesar de todo lo que había en juego, apoyó en todo momento a González (supongo que también por intereses personales), aunque en privado. Sin embargo, y ante el temor de que la idea de llevarse por delante al entonces presidente del gobierno llevase consigo la posibilidad de que la Corona cayese con él, provocó que en cierta forma, y muy a su pesar, Juan Carlos creyese que para relajar la situación, lo mejor era que el PP de Aznar ganase las elecciones y el felipismo pasase a mejor vida. Así ocurrió en 1996, aunque tras aquel relevo, las relaciones entre Aznar, ya como presidente, y Juan Carlos no fueron precisamente las mejores desde el punto de vista personal. 

De hecho, si tuviésemos que hacer una comparación entre la relación de Felipe VI con Pedro Sánchez con la que tuvo su padre con alguno de sus presidentes, esta sería equiparable sin duda, aunque salvando las distancias, con la que Juan Carlos tuvo con Aznar. De hecho, y según escribió Jesús Cacho en el polémico y casi censurado libro "El negocio de la libertad", Juan Carlos se mofaba constantemente en público de Aznar y en alguna que otra ocasión, cuando hablaba con Aznar, se dirigía a él como "Felipe" (el grado de confianza entre el rey y González les llevaba incluso al tuteo), alegando posteriormente tras el enojo de Aznar que se le olvidaba que González ya no era el presidente.

Una vez narrada la primera parte de esta comparación, nos situamos de nuevo en 2018 para contar la segunda parte, cuando Pedro Sánchez toma posesión como presidente del gobierno en junio de hace ya siete largos, insufribles e interminables años. Mientras que con Juan Carlos y Felipe González, había cierta inquietud al principio sobre cómo se desarrollaría la relación entre ambos, en el caso de Felipe y Pedro Sánchez se creía que ambos tendrían una relación de lo más sana y cordial. Nada más lejos de la realidad. Tras la llegada de Sánchez al poder, los desplantes del actual presidente al jefe del Estado han sido constantes. Se habla desde hace tiempo que incluso los despachos semanales en Zarzuela entre rey y presidente ya no existen prácticamente, debido a que Sánchez apenas acude a ver al monarca para despachar los asuntos de Estado. 

Todo ello, por no hablar de la nefasta relación personal que existe, no solo entre el jefe del Estado y el jefe del ejecutivo, sino entre la propia Letizia Ortiz y la esposa de Sánchez, la multimputada Begoña Gómez. Y por supuesto, y como telón de fondo, la situación política de Sánchez, el cual fue llevado al gobierno y mantenido actualmente por partidos que rechazan de lleno la Monarquía española y apuestan por ir claramente hacia una III República. Con estos socios, los cuales le hacen igualmente desplantes al rey, el contexto tanto político como personal entre Pedro Sánchez y Felipe VI es completamente antagónico al que mantuvieron hace treinta y cuarenta años Juan Carlos I y Felipe González. 

Por si fuera poco, el escándalo que supuso en 2020 la publicación de las cuentas bancarias que Juan Carlos I tenía en paraísos fiscales, provocó que el hoy rey emérito se auto exiliase a Arabia Saudí tras la presión de Pedro Sánchez y sus socios republicanos, e incluso del propio Felipe VI, para que abandonase cuanto antes el país. Algunos incluso mencionan que en esa operación para obligar a Juan Carlos I a exiliarse estaba implicada Letizia Ortiz, algo que dudo que sea así pero que tampoco descarto. 

Un escenario sin precedentes en la Monarquía española, la cual ha quedado completamente erosionada por el gobierno de Sánchez y sus socios republicanos. A todo esto hay que sumarle también el desgaste y la pérdida de apoyos en ciertos sectores de la población conservadora con respecto a la Monarquía y a Felipe VI cuando éste ha firmado sin rechistar las normas y decretos más controvertidos de la época de Sánchez: indultos y amnistía contra los independentistas catalanes después del firme discurso que dio el 3 de octubre de 2017, la Ley del Sí es Sí, la Ley de Memoria Democrática, sumisión absoluta ante el poder despótico de Sánchez, etc. 

Por otro lado cabe añadir, para más señas, que Juan Carlos y González eran y son prácticamente de la misma generación. Cuatro años y dos meses son los años que separan solamente a Juan Carlos I (nacido en enero de 1938) con Felipe González (nacido en marzo de 1942). Pero lo más sorprendente es que precisamente Felipe VI y Sánchez se llevaban exáctamente la misma diferencia de edad, en este caso cuatro años y un mes. Felipe VI (nacido en enero de 1968) y Pedro Sánchez (nacido en febrero de 1972) son igualmente de la misma generación, como antes lo fueron sus predecesores. Sin embargo, a pesar de compartir generación, las diferencias entre ambos, así como la frialdad y la tensión entre ellos es bastante notoria, aunque éstos lo intenten disimular en público. 

Como culmen final, en este año 2025, el cual se parece en exceso al de 1995, como ya escribí en junio de este año, las corrupciones que afectan de nuevo al PSOE, al propio Pedro Sánchez, a su familia y a otras instituciones del Estado amenazan, según algunos, con llevarse por delante a la Corona. Son ya algunas las voces que, como ya he comentado en otras entradas, aseguran que Sánchez, ante el temor de perder el poder, ha decidido tirar la casa por la ventana y filtrar desde su entorno a la UCO conversaciones entre él y la propia Letizia Ortiz, en las cuales habría una relación que va más allá de lo puramente profesional y donde, según indican estas voces (insisto, son solo rumores pero aseguran que el escándalo a salir tarde o temprano) Letizia habría pedido asesoramiento fiscal a Sánchez para desviar dinero a la República Dominicana, lo cual habría hecho viajando junto al presidente en el Falcon en diversas ocasiones para depositar unas sumas de dinero bastante elevadas y cuyo origen se desconoce (algunos creen que podría tratarse de la propia herencia de Juan Carlos I que Felipe VI rechazó en su día). 

Pero hay quienes aseguran que la relación no es solo de intereses económicos, sino incluso sentimentales o, cuando menos, sexuales. Un escenario pues parecido al que en 1800 se vivió en España con el entonces primer ministro, Manuel de Godoy y la entonces reina consorte, María Luisa de Parma, ante la pasividad de un débil monarca como fue Carlos IV. Todo esto son, por supuesto, especulaciones, pero son varios los medios digitales que aseguran que lejos de ser un escenario descabellado, es la pura realidad que se está viviendo en estos momentos en los centros de poder en España a lo largo de estos años y que, tarde o temprano, van a salir a la luz, ya que según afirman, la UCO ya está investigando este asunto. Yo personalmente no creo que vaya a salir jamás este escándalo a la luz, ya que esto supondría liquidar de un plumazo el régimen del 78 y con ello una Monarquía cada vez más prescindible y debilitada. 

De salir este turbio y delicado asunto a la luz, el escándalo no afectaría solo a Sánchez y a Letizia, sino también al propio Felipe VI, ya que además de quedar humillado tras confirmarse que su esposa le ha sido infiel con el presidente del gobierno, las preguntas que habrían que hacerse son ¿Hasta dónde era conocedor Felipe VI no ya de la supuesta relación sexual/sentimental de Sánchez con la actual reina consorte, sino qué sabía de los desvíos de dinero a la República Dominicana? ¿Sabía él de su procedencia? ¿Quiénes figuran en esas supuestas cuentas desviadas a Santo Domingo? ¿Letizia, Sánchez, Felipe VI, Leonor, Sofía? En definitiva, es una especulación bastante grave que, aunque no dudo en absoluto que pueda ser verdad, dudo mucho de que alguna vez salga a la luz. 

En definitiva, con esta entrada he querido hacer un resumen y una exposición sobre dos casos bastante diferentes de dos relaciones y dos generaciones completamente opuestas. Esta es la historia de dos formas absolutamente opuestas de compenetrarse en el poder por parte de los titulares de las dos instituciones más importantes de un país: la jefatura del Estado y la jefatura del gobierno. Si en la primera hubo compenetración y química absoluta, en la segunda ha habido tensión e incluso humillación. 

En lo que a mí respecta, ignoro cuánto le queda de reinado a Felipe VI, cuántos presidentes más tendrá a lo largo de su reinado después de Sánchez, e incluso cómo acabará su periodo como rey, pero lo que sí tengo completamente claro es que su reinado y su legado quedarán inexorablemente unidos a la presidencia de Sánchez. De hecho, con independencia del tiempo que Sánchez siga en el poder, esta cuestión ya es un hecho. Si en los cuarenta años de reinado de Juan Carlos I fue la presidencia de Felipe González la que marcó indudablemente su reinado y su legado, en el caso de su hijo estos dos factores están ya unidos al actual jefe del gobierno. 

Los destinos de Juan Carlos I y de Felipe González estaban unidos no solo por su complicidad personal y sus trapicheos mutuos, sino por haber erigido juntos lo que hoy en día conocemos como el régimen del 78. En el caso de Felipe VI y de Pedro Sánchez, sus destinos están unidos por el mal camino: el de la antipatía, los desencuentros, la falta de entendimiento y el desprestigio. Pero hay otro componente más que culminan el cruce de sus destinos: ser los enterradores de ese mismo régimen del 78 que nació enfermo y que ahora se encuentra dando sus últimos coletazos. 

jueves, 4 de septiembre de 2025

Sánchez-Zapatero: un dúo letal para España


En marzo de este año escribí una entrada acerca de lo que por entonces ya era un secreto a voces y hoy es un hecho contrastado: la presidencia en la sombra que ejerce desde hace unos años el ex presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sobre el actual presidente del gobierno oficial o, dicho coloquialmente, el actual presidente de paja, Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Una relación, la de ambos, que ha ido in crescendo conforme han ido transcurriendo los años y que actualmente se encuentra en su punto álgido.

A finales de julio, el periodista Jesús Cacho escribió un artículo en su medio digital, Vox Populi, titulado "El español más peligroso". En dicho artículo se narraba la forma en la que, según Cacho, Zapatero ha vuelto al poder, aunque por la puerta de atrás y sin hacer ruido. En dicho artículo se cuenta cómo en 2021, Zapatero aún no tenía acceso a Moncloa ni a Sánchez, ya que la relación entre ellos era aún fría y distante. Conviene recordar que cuando Pedro Sánchez gana las primarias de 2014 frente a Eduardo Madina, este último era el protegido y discípulo de Zapatero, además de uno de sus hombres de confianza y candidato potente para sucederle, con la bendición del ex presidente, al frente del liderazgo del PSOE. 

Sánchez, por el contrario, estaba en aquella época intentando marcar todas las diferencias posibles con Zapatero. Le criticaba por su gestión durante la crisis económica, los recortes realizados por su predecesor en mayo de 2010, así como la decisión del ex presidente de reformar el polémico artículo 135 de la Constitución en agosto de 2011, como también criticaba el indulto que Zapatero, en uno de sus últimos consejos de ministros como presidente en funciones, le otorgó al entonces vicepresidente del Banco Santander, Alfredo Sáenz. 

Todos sabemos, por otra parte, que aquellas primarias fueron más que la elección interna de un secretario general del PSOE. Era una operación de Estado donde estaban implicados el gobierno de Mariano Rajoy con sus medios afines, los cuales adulaban al "moderado Sánchez" frente al "extremista Madina" y por otro lado estaba la entonces presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, la cual usó a Sánchez como peón para promocionar al máximo su candidatura y lograr que éste ocupase la secretaría general del PSOE mientras ella se asentaba como baronesa en Andalucía para pegar el salto a Madrid cuando lo estimase oportuno y darle la patada en el culo a Sánchez (lo cual parece ser que era el pacto que, con matices, ambos habían suscrito). 

Finalmente, Sánchez salió elegido líder del PSOE y de esa forma se evitaba que el zapaterismo encarnado por Madina regresase el poder en el socialismo español. Pero he aquí que entramos en la subestimación de Sánchez y de su ilimitada ambición. Sánchez decide seguirle la corriente a Díaz y se apoya en los medios conservadores de Rajoy para presentarse como un líder provisional y una persona moderada, pero realmente su objetivo era el de desplazar a todos sus rivales (Díaz la primera) y perpetuarse primero en el liderazgo del PSOE para posteriormente dar el paso al gobierno de España, situación en la que nos encontramos ahora. 

Ahora bien ¿Qué tiene esto que ver con lo narrado anteriormente sobre la relación entre Zapatero y Sánchez? Bastante. Tras su llegada al frente del PSOE e incluso tras la llegada de Sánchez al poder en 2018, Zapatero aún sigue siendo un apestado dentro del partido, aunque por otro lado tenía unas excelentes relaciones con los dirigentes de Podemos: Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón, etc. Zapatero tenía la confianza de los podemitas, pero no de su sucesor en el PSOE, Pedro Sánchez. 

Es entonces cuando, según Jesús Cacho, tras ser nombrado Ábalos ministro de Industria, éste le pide a su predecesor socialista en dicho ministerio, José Blanco (zapaterista hasta la médula) que le recomiende nombres para hacerse con un equipo de confianza en el ministerio. Blanco, y por ende Zapatero, le recomiendan el equipo con el que Blanco trabajó en su momento (por cierto, la mayoría de ellos imputados en el actual caso Koldo). ¿El motivo? tener una red influyente de espías con la que Zapatero podía, por el momento, hacerse cargo sin levantar sospechas del ministerio de Industria y controlar además las actividades de Ábalos. 

En 2021, cuando Sánchez decide realizar una profunda remodelación de ministros, Ábalos suena, según Cacho, como posible ministro de Defensa. De esta forma, la entonces y actual ministra de Defensa, Margarita Robles, afín a Zapatero y por lo tanto peona igualmente del ex presidente para tener él acceso a Defensa (y con ello al CNI), habría tenido que salir por la puerta de atrás, perdiendo con ello Zapatero su control sobre dicho ministerio. Un ministerio que controlaba junto con otros dos: Industria (como consecuencia del personal de José Blanco en el equipo de confianza de Ábalos) e Interior, donde Fernando Grande-Marlaska, afin igualmente a Zapatero, era el peón del ex presidente a la hora de maniobrar en las decisiones del mencionado ministerio y de esta forma, controlar a su vez las denominadas "Cloacas del Estado" gracias a uno de los hombres de confianza de Marlaska, el cual lo fue a su vez del propio Zapatero cuando éste gobernaba: un sujeto llamado Segundo Martínez. 

Pero volviendo a Ábalos, es en ese momento cuando, según cuenta Cacho, la noche antes de anunciar Sánchez su remodelación, Zapatero le envía al presidente información perjudicial sobre Ábalos con el fin de acabar políticamente con él y a la misma vez, ganarse por fin la confianza y el favor del jefe del gobierno. El efecto es inmediato: Sánchez cesa al día siguiente a Ábalos como ministro y Zapatero se gana de un plumazo la confianza del Sánchez, hasta entonces reticente con él. Con ello se inicia, como diría Humphrey Bogart a Claude Rains en el final de Casablanca "el comienzo de una hermosa amistad". 

Una amistad que va en aumento en 2022 y, sobre todo, en 2023, cuando Sánchez comienza a pasear al ex presidente en los mítines de las elecciones autonómicas y municipales de mayo y, dos meses después, en las elecciones generales de julio. Siempre se ha dicho que Sánchez le debe aquella derrota convertida en victoria (perdió pero pudo formar gobierno al no tener el PP de Feijóo ni VOX mayoría para desalojarlo) y con su actual permanencia en el poder al propio Zapatero y a su empeño personal en inmiscuirse en la campaña, como si él mismo y no Sánchez fuese de nuevo el candidato a la presidencia. 

Pero obviamente, las intenciones de Zapatero con respecto a Sánchez estaban lejos de ser nobles (algo normal viniendo de tan siniestro, oscuro y vil personaje). Desde que se produce el acercamiento progresivo, y con ello el comienzo y desarrollo de la amistad entre presidente y ex presidente, la influencia de Zapatero sobre Sánchez comienza a ser cada vez más notable. Tras él se encuentran las últimas decisiones aprobadas por Sánchez en esta legislatura: la amnistía, las cesiones cada vez más extremas de Sánchez a los independentistas catalanes y vascos, así como a los etarras de Bildu, la postura cada vez más tibia de España con respecto a Venezuela, así como el acercamiento progresivo a China y el alejamiento y deterioro de las relaciones entre España y Estados Unidos. 

Una cuestión, la del acercamiento de España a China (actualmente el principal enemigo comercial de EEUU) a través de su asociación con la empresa Huawei (vetada por Estados Unidos y la Unión Europea), la cual nos está costando cada vez más enemigos fuera del país. Estados Unidos, por el momento, ya tiene bajo sospecha a España, así como al propio Sánchez e incluso a Zapatero por estos movimientos, y está investigando las estrechas relaciones e intenciones ocultas que, a través de Huawei, unen a España con China. 

Unas relaciones que, casualmente, se iniciaron de forma discreta con Zapatero en la Moncloa hace veinte años pero que ahora se han intensificado, dando paso, según muchos, a una red de corrupción a gran escala y a unos intereses económicos y comerciales cuyo alcance desconocemos. Cabe añadir que precisamente uno de los hombres fuertes en España que tienen un alto cargo en Huawei es precisamente el anteriormente citado Segundo Martínez, hombre de confianza de Zapatero. Blanco y en botella.

Lo mismo sucede con Venezuela, donde la UCO ya está investigando también al propio Zapatero y sus relaciones con el régimen de Chavez y Maduro, además de con otros países hispanoamericanos, especialmente República Dominicana, donde los continuos viajes de Sánchez y de Zapatero a dicho país corroboran la teoría de que algo muy grave, turbio y delicado en términos de cuentas bancarias y desvíos de millones hay en Santo Domingo. Asuntos todos ellos que el presidente de paja y el presidente en la sombra manejan con sumo cuidado. 

El mismo cuidado con el que, como acabo de añadir antes, maneja Zapatero sus intercesiones en favor del gobierno de Maduro ante los organismos internacionales y en los que Sánchez juega, como presidente oficial que es, un papel igualmente esencial. Parece ser que no todo lo que une a Sánchez, Zapatero y Venezuela son Delcy Rodríguez y el famoso viaje de la vicepresidenta venezolana a España junto con las polémicas maletas que ésta trajo de Caracas a Madrid no se limitan solo a cuestiones económicas, sino incluso a otro tipo de cuestiones mucho más graves, como algunos medios están apuntando ya y que, según afirman, puede salir en los próximos meses. 

Volviendo a la relación de Sánchez con Zapatero, cabe añadir que la amistad y complicidad entre ellos es tal que el ex presidente ha pasado, al igual que el actual jefe del gobierno, las vacaciones en Lanzarote (lo lleva haciendo desde hace años), siéndole adjudicado más de una decena de agentes de seguridad por parte del gobierno para que lo protejan durante sus vacaciones (esto no ocurre con otros ex presidentes, como por ejemplo Rajoy) y ha visitado el palacete de la Mareta (donde él propio Zapatero veraneaba como presidente) para planificar junto a Sánchez la estrategia a seguir una vez que tras el verano comiencen a salir de nuevo, como todos apuntan, nuevas y graves informaciones sobre la corrupción que acecha al PSOE, a Pedro Sánchez, a su familia, e incluso a Zapatero y su entorno familiar. 

Es obvio que Zapatero no solo está en el nucleo más duro e íntimo de Sánchez, sino que es el propio ex presidente el que susurra a los oídos del actual jefe del ejecutivo las decisiones que hay que tomar. Esto refuerza la idea de que Zapatero es el auténtico presidente del gobierno, mientras Sánchez es solo un sinvergüenza cuyo único objetivo es el de permanecer en el poder a toda costa. 

Esto refuerza también una teoría que llevo años manteniendo pero que conforme pasa el tiempo se hace cada vez más evidente: el verdadero cerebro del cambio político, social, económico, cultural e incluso moral que lleva viviendo España desde hace dos décadas es Zapatero, no Sánchez. Si Sánchez mañana se quedase sin los votos de Sumar, Podemos, Junts, Bildu, ERC, PNV, etc, y su permanencia en el poder estuviese en manos del PP o de VOX a cambio de implantar las medidas que los de Feijóo o los de Abascal le imponiesen como condición sine quan non para seguir en Moncloa, Sánchez las aceptaría encantado.

¿Qué quiero decir con todo esto? Pues que Sánchez, a pesar de ser uno de los discípulos aventajados de Zapatero, es un sujeto que está dispuesto a aprobar una cosa hoy y mañana la contraria con tal de seguir en un cargo el cual cree que le pertenece por derecho propio. Es, en definitiva, un sujeto sin ideología ni principio alguno, aunque como es obvio, su tendencia ideológica se incline hacia la izquierda. Zapatero, por el contrario, es un sujeto igual o incluso más peligroso que el propio Sánchez, ya que los consejos y la influencia que ejerce sobre Sánchez es fruto de una cuestión puramente ideológica. 

¿Quién si no es el que viaja periódicamente a Waterloo para negociar con Puigdemont (con la autorización de Sánchez) y le ofrece lo inmaginable (algunos hablan ya incluso de un futuro referéndum independentista pactado) con tal de que Junts no le retire el apoyo al PSOE? Eso no lo hace alguien que, como ya vimos en su periodo de gobierno, actúa por intereses de supervivencia política, como es el caso de Sánchez, sino de alguien que actúa por intereses puramente ideológicos y cree firmemente que este es el camino que España debe seguir emprendiendo desde que ese denominado "cambio tranquilo" (Zapatero dixit) comenzase a andar en 2004. 

Estamos pues ante uno de los peores escenarios posibles. Un escenario en el que el actual presidente del gobierno considera que todo pasa por su mantenimiento en el poder a cualquier precio, ya que su destino es el de vivir como Dios en la Moncloa, disfrutar de los lujos que le otorga el poder y malversar de forma vitalicia desde un cargo que, según él, está hecho exclusivamente para él. Por otro lado tenemos al verdadero instigador ideológico, cerebro de este escenario y verdadero gobernante del país, el cual no necesita figurar de nuevo bajo ningún cargo, ya que el mejor poder es el que de forma oficial no se vislumbra pero que se ejerce de forma absoluta en las sombras. Un poder en la sombra donde también hay malversaciones y redes clientelares, pero que pasa más desapercibido frente a aquél que en apariencia sí tiene el poder oficialmente. 

El caso de Zapatero es pues el más maquiavélico, sorprendente e inteligente de todos los ex presidentes del gobierno que ha tenido España, ya que ninguno consiguió, ni por la puerta delantera ni trasera, volver al poder. Adolfo Suárez dimitió en 1981, y aunque intentó varias veces volver al poder con el CDS (se dice que su dimisión en 1981 fue una estrategia para retirarse provisionalmente para volver posteriormente con más fuerza como candidato a la Moncloa), los resultados electorales demostraron que su tiempo ya había pasado. De Leopoldo Calvo Sotelo poco se puede decir, ya que tras su breve paso por el poder y su humillante salida del gobierno, jamás volvió ni siquiera a volver a la política activa (se dice de hecho que tampoco tenía grandes ambiciones de ser presidente cuando la UCD lo eligió como candidato para suceder a Suárez). 

Felipe González intentó mantenerse en la primera línea, e incluso muchos consideraban que tras la débil victoria de Aznar en 1996, su regreso a la Moncloa se produciría más pronto que tarde. En 1997, y tras comprobar cómo CIU mantenía su apoyo a Aznar, decidió para sorpresa de todos abandonar la política y con ello cualquier posibilidad de volver al poder, no teniendo luego o bien ambición o bien posibilidad de influir sobre Zapatero cuando éste ganó contra todo pronóstico en 2004 tras los atentados del 11-M. Aznar sí tuvo, o al menos eso se ha dicho siempre, de mantener la influencia y con ello el poder tras designar a Rajoy como su sucesor en la Moncloa. 

El 11-M y la salida abrupta del PP del gobierno desechó cualquier posibilidad en aquel entonces, y solo cuando Rajoy consiguió finalmente llegar al poder en 2011, Aznar hizo un intento de influir en las decisiones de su sucesor, pero tras siete años en la oposición y varios desencuentros con Aznar, Rajoy consideraba que ya nada le debía a Aznar y que todo se lo había ganado gracias a él mismo, difuminando absolutamente cualquier intento de Aznar de gobernar en la sombra. Rajoy, tras su salida del gobierno en 2018 y su desgaste durante sus años en el poder, ha demostrado no tener ninguna ambición, ni interés ni deseo en volver, ya sea oficialmente o desde la sombra. Veremos a ver, si Feijóo llega a la Moncloa (escenario que dudo) si Aznar intentará influir en sus decisiones o si por el contrario será Rajoy quien lo consiga debido a la larga amistad que existe desde hace décadas entre los dos gallegos. 

Zapatero, por el contrario, habiendo sido de lejos el peor presidente que ha tenido España (un "honor" que se juega con Sánchez de forma muy ajustada), y tras ser uno de los jefes de gobierno más divisivos e ideológicos que ha tenido este país, ha sido por el contrario el que de forma más fría, inteligente, calculada y maquiavélica (con razón el periodista José García Abad escribió en 2010 un libro sobre él titulado "El maquiavélico de León) ha vuelto al poder, aunque sea desde la sombra. Se dice que no le gusta que su nombre esté saliendo tanto a la palestra últimamente, ya que ello confirma que es él quien verdaderamente mueve los hilos en Moncloa. 

Aún así, y según se ha comentado en otro artículo publicado igualmente en el medio digital Voz Populi titulado "El zapatero tuerto de Feijóo", Zapatero ya está maquinando la estrategia de ir a las elecciones generales de 2027 en una apuesta final donde la izquierda se presente unificada en un Frente Popular 2.0 frente a la "ultraderecha" representada por el PP y VOX. Ya saben aquello que dijo cuando los micrófonos le captaron siendo aún presidente en 2008 "nos conviene que haya tensión y dramatizar". Todo un Maquiavelo del siglo XXI. 

En definitiva, España tiene, o padece, mejor dicho, dos presidentes nefastos, ruínes y maliciosos; el primero, un ideólogo repleto de odio, el cual considera que no finalizó su trabajo de división y rencor cuando dejó el gobierno y está más decidido que nunca a rematar esa faena, y el segundo un amoral sin escrúpulos cuyo único objetivo es el de permanecer en el poder a toda costa junto a su familia, la misma que está siendo investigada por los Tribunales y la UCO. 

Un escenario, el de esta co-presidencia, en la que muchos ya hablan claramente de lo que antes era una suposición cuando se hablaba del caso Koldo y la corrupción que acorrala al PSOE: ¿Quién es realmente el denominado "número 1"? Todos dieron por hecho, como es obvio, que se trataba de Pedro Sánchez; pero cada vez existen más voces que apuntan a que ese "número 1" no sea el actual presidente sino su predecesor y actual presidente en la sombra: José Luis Rodríguez Zapatero. 

Un Zapatero el cual, según comentó Jesús Cacho en el artículo al que he hecho referencia al comienzo de la entrada, ya está diseñando el escenario post-Sánchez, en caso de que el presidente de paja caiga tarde o temprano. El ex presidente controla todos los escenarios y entre ellos se incluye también el de organizar y designar desde la sombra al sucesor de Sánchez, con el objetivo de seguir liderando desde la sombra el partido y, por ende, el gobierno. 

Algunos aseguran ya que Zapatero, ante el temor de lo que pueda salir sobre Sánchez en los próximos meses, está trabajando ya con la idea de convencer o incluso de forzar la dimisión del todavía presidente, con el objetivo de poner como nuevo líder del PSOE y próximo jefe del gobierno a Salvador Illa, con el cual el ex presidente también tiene una muy buena relación. 

Todo ello, por supuesto, sin pasar por las urnas y con el objetivo de aguantar como mínimo hasta 2027. Luego, ya se verá qué pasos se tomará con tal de permanecer en el poder a cualquier precio. Con razón, y visto lo que estamos presenciando, no es en absoluto descartable que, como ha afirmado Cacho en su artículo, la propia CIA considere lo que yo y otros muchos vemos claramente: que Zapatero, y no Sánchez, es el verdadero presidente. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

El sistema político del franquismo y la sucesión de Franco


En este año 2025 en el que se conmemoran los cincuenta años del fallecimiento de Francisco Franco, hay una cuestión bastante interesante desde el punto de vista del Derecho que no se ha tenido en cuenta o, al menos, no se ha querido hacer hincapié en dicho asunto. Me refiero a qué tipo de sistema político imperó en España entre 1939 y 1975, es decir, durante el periodo que cubrió el régimen franquista. 

Esta cuestión viene porque hace unos días me topé casualmente con un documental sobre Franco en la televisión. Un hecho inédito el que se hable de la figura de Franco por la pequeña pantalla, ya que es absolutamente inusual ver un documental crítico con el franquismo o encontrarte en los centros comerciales libros en los que se ponga a parir al Caudillo. Nótese la ironía con respecto a esto, por favor, ya que las almas están bastante susceptibles, por no decir agilipolladas en los tiempos que corren. 

Pues bien, volviendo a la seriedad y a la cuestión que nos ocupa, mientras veía el documental pensé en una cosa ¿Realmente, qué tipo de sistema político existió en España durante la época de gobierno de Francisco Franco? Obviamente, cualquiera que me lea dirá "pues una dictadura". Claro, esa explicación es completamente coherente y lógica desde el punto de vista político pero, desde el punto de vista estrictamente legal y jurídico ¿Qué sustenta esa argumentación? Repito, una argumentación completamente obvia y razonable, pero insuficiente desde el punto de vista del Derecho. Y como yo he estudiado Derecho, pues he indagado sobre este asunto para saber, desde el punto de vista completamente jurídico, qué sistema político tuvo España durante cuarenta años.

Si nos paramos a pensar, tras el fin de la Guerra Civil el 1 de abril de 1939, Franco en ningún momento derogó la II República de forma oficial. Desde el punto de vista práctico es obvio que establecio una dictadura o, desde un punto de vista más formal en términos de Derecho y de sistema político, podemos decir que instauró una Autocracia. Pero ni eso es suficiente. Si nos basamos en el terreno puramente tradicional Monarquía/República, cabe preguntarse ¿Qué era entonces España desde el punto de vista jurídico y político desde el 1 de abril de 1939 hasta el 22 de noviembre de 1975? 

Conviene recordar que tras los primeros años de la dictadura, Franco promulgó una serie de Leyes, las cuales podríamos definir como el Código Constitucional del franquismo: las Leyes Fundamentales del Reino. En 1947, al promulgarse la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, encontramos el primer detalle importante sobre este asunto, ya que en el artículo primero, la norma establece lo siguiente: "España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino". 

Aquí viene la primera cuestión importante. Si hasta junio de 1947, fecha en la que entró en vigor en el BOE dicha norma, España no estaba constituida como Reino ¿Eso quiere decir que hasta entonces España vivía bajo una República autocrática? ¿Franco era de facto el presidente de esa República autocrática? Conviene recordar que durante el franquismo, siempre se definió la dictadura como un sistema de "Democracia Orgánica", lo cual le daba, al menos para los afínes al régimen, un matiz democrático a la propia dictadura, aunque realmente dicha democracia no existiese. Aún así, y tras aprobarse dicha norma, la cuestión sobre la forma de Estado no queda del todo despejada desde el punto de vista jurídico. 

Es entonces cuando llegamos a mayo de 1958, fecha en la que Franco promulga la Ley de Principios del Movimiento Nacional. Es aquí donde verdaderamente entramos de lleno en el asunto que nos ocupa. En el principio VII establecido en la norma queda claramente definido lo siguiente: "El pueblo español, unido en un orden de Derecho, informado por los postulados de autoridad, libertad y servicio, constituye el Estado Nacional. Su forma política es, dentro de los principios inmutables del Movimiento Nacional y de cuanto determinan la Ley de Sucesión y demás Leyes fundamentales, la Monarquía tradicional, católica, social y representativa". 

Con esta afirmación claramente definida en el principio VII queda oficialmente proclamada España como una Monarquía desde el punto de vista del Derecho Constitucional. Una Monarquía que en mayo de 1958 no tenía rey ¿O sí? ¿Acaso Franco se estaba autoproclamando rey de una Monarquía? ¿O acaso era un rey de facto en una Monarquía legalmente constituida? En 1947, en el artículo primero se constituye a España como Reino, lo cual lleva emparejado desde el punto de vista jurídico una Monarquía de facto, pero sin ser proclamada jurídicamente. En 1958, esa Monarquía sí es ya legal. Pero, ¿Qué clase de Monarquía es esa en la que teóricamente no hay rey? 

¿Acaso la Monarquía volvió a España antes del 22 de noviembre de 1975, fecha en la que Juan Carlos I fue proclamado rey? Con la Ley en la mano, todo hace indicar que sí ¿Y quién era el rey de esa Monarquía de 1958? Es obvio que si Franco era el jefe del Estado en 1958 y a su vez proclama a España como una Monarquía, automáticamente estaba proclamándose él mismo como rey, aunque sin un reconocimiento oficial a su figura como monarca absoluto. Insisto, sin un reconocimiento oficial pero sí práctico, lo cual hace este asunto mucho más complejo de lo que parece a primera vista. 

Finalmente, con la última Ley promulgada por Franco, como era la Ley Orgánica del Estado (la más completa de todas y la más cercana a una Constitución), tanto en el Preámbulo como en el artículo primero y siguientes se vuelve a reconocer a España con el término de Reino, lo cual corrobora la idea de que Franco había configurado a España, desde el punto de vista completamente jurídico, en una República desde 1939 hasta 1947, y oficialmente en una Monarquía desde 1958 en adelante con él como jefe del Estado o, mejor dicho, como rey sin corona. Una definición que de hecho se me quedó grabada en la mente al escuchársela decir a un presentador de televisión hace ya veintún años, cuando en el aniversario de la muerte de Franco debatieron sobre su figura y lo mencionaron en esos términos. 

Otra cuestión interesante la encontramos nuevamente en la propia Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, concretamente en el artículo tres y siguientes, donde se dice de forma textual en el artículo tres: "Vacante la Jefatura del Estado, asumirá sus poderes un Consejo de Regencia". En el artículo cuarto se menciona explícitamente: "Un Consejo del Reino asistirá al Jefe del Estado en todos aquellos asuntos y resoluciones trascendentales de su exclusiva competencia". 

El artículo sexto dice a su vez: "En cualquier momento, el Jefe del Estado podrá proponer a las Cortes la persona que estime deba ser llamada en su día a sucederle, a título de rey o de regente, con las condiciones exigidas por esta Ley; y podrá, asimismo, someter a la aprobación de aquéllas la revocación de la que hubiere propuesto, aunque ya hubiese sido aceptada por las Cortes". Por otra parte, el artículo séptimo dice así: "Cuando, vacante la Jefatura del Estado, fuese llamado a suceder en ella el designado según el artículo anterior, el Consejo de Regencia asumirá los poderes en su nombre y convocará conjuntamente a las Cortes y al Consejo del Reino para recibirle el juramento prescrito en la presente Ley y proclamarle Rey o Regente". Y por último, el artículo octavo establece lo siguiente: "Ocurrida la muerte o declarada la incapacidad del Jefe del Estado sin que hubiese sido designado sucesor, el Consejo de Regencia asumirá los poderes...".

Con esto se establece pues un Consejo de Regencia y un Consejo del Reino. Unos órganos más propios de una Monarquía absoluta que de una dictadura militar o civil. Por su parte, se hace mención también a la posibilidad de que el Consejo de Regencia asuma la Jefatura del Estado cuando ésta se encuentre vacante. De esta forma se le da nuevamente al Jefe del Estado, en este caso a Franco, la consideración de rey, ya que solo un rey o un regente (o en este caso un Consejo de Regencia) pueden sustituir a un monarca, ya que el regente ejerce sus funciones estando inhabilitado el monarca, según establece el Derecho Constitucional. Y solo un rey puede designar a otro rey o a un regente (salvo en casos excepcionales). En ningún momento la regencia se plantea en términos históricos para sustituir a un dictador, a menos que ese dictador sea considerado un monarca y desde el punto de vista del Derecho se sobreentienda así, lo cual también es plausible. 

Con todo esto cabe preguntarse, desde el punto de vista estrictamente legal ¿Fue España una República durante los primeros años del franquismo pero revestida de forma autocrática? Sí ¿Paso Franco de convertir a España en una República a una Monarquía por la puerta de atrás (en este caso a través de las Leyes Fundamentales del Reino? Absolutamente. ¿Fue pues Franco, en sus primeros años, un presidente de facto en una República inexistente en la práctica pero tampoco abolida oficialmente? Lo fue ¿Franco se proclamo de facto rey de España cuando posteriormente constituyó nuestro país en un Reino y en una Monarquía? Totalmente.

Esto me lleva a una cuestión que muchos historiadores han mencionado en algunas ocasiones sobre Franco y que muchos han llegado a la misma conclusión. Se dice que varios colaboradores cercanos a Franco, entre ellos el propio Luis Carrero Blanco, futuro vicepresidente del gobierno, posterior presidente del gobierno y monárquico convencido, le animaron en repetidas ocasiones para que se proclamase rey de España y fundase una nueva dinastía bajo un nuevo paragüas monárquico en el que los Borbones quedasen completamente al margen de ese nuevo escenario. 

Franco, el cual tenía sus propios planes a pesar de sus triquiñuelas legislativas, nunca aceptó esa propuesta, ni siquiera llegó a barajarla. Tenía claro que el paso del apellido Franco por el poder era solo exclusivo para él y que dicho escenario no iba a ser la excusa perfecta para instaurar una Monarquía con sus descendientes. También hay que destacar que en ningún momento Franco barajó la idea de designar a un sucesor político que tras su muerte condujese a España a una transición republicana. Nunca estuvo dicho escenario en los planes de Franco, y con el análisis de las Leyes Fundamentales del Reino se corrobora aún más esta idea. Franco siempre tuvo en mente que el futuro de España tras su muerte pasaba, sí o sí, por el regreso de los Borbones.  

He aquí donde entra la segunda cuestión de esta entrada y no menos compleja tampoco. Franco designa en julio de 1969 a Juan Carlos de Borbón como su sucesor a título de rey. Franco lo hace creyendo que Juan Carlos, el cual había sido criado en España bajo los códigos éticos y morales de la sociedad franquista y los Principios del Movimiento Nacional, continuaría a su forma el legado que él dejase cuando falleciese. 

Sin embargo, en 1972, se produce un hecho que lo cambia todo: la nieta mayor de Franco, Carmen Martínez Bordiú, se casa con el nieto del rey Alfonso XIII y primo del propio Juan Carlos, Alfonso de Borbón y Dampierre. Franco ejerce de padrino en la boda de su nieta y contempla, ya en los últimos años de su vida, cómo su propia familia, los Franco, se enlazan familiarmente con los Borbones, convirtiéndose un nieto de Alfonso XIII en su propio nieto político.

Esta situación lo cambió absolutamente todo, ya que desde Carmen Polo hasta el propio Alfonso de Borbón, pasando por otros miembros de la familia Franco (Carmen Franco, Cristobal Martínez Bordiú, etc), presionaron al Generalísimo para que revocase la designación de Juan Carlos como sucesor y proclamase a su nieto político, Alfonso de Borbón, como su sucesor. De haberse consumado esa operación, la familia Franco habría no solo conservado su estatus político y social, sino que lo habrían elevado tras el fallecimiento del Caudillo, quedando emparentada con la realeza. 

De haber sido así, la nieta biológica de Franco, Carmen Martínez Bordiú, se habría convertido, tras la muerte de su abuelo, en reina consorte de España; y tras un posible fallecimiento de Alfonso de Borbón, (como así ocurrió en extrañas circunstancias durante un accidente de esquí en enero de 1989), hoy sería rey de España el hijo mayor del matrimonio, Luis Alfonso de Borbón, y no su primo, Felipe VI. 

De esta forma, Franco habría garantizado de por vida el mantenimiento de su familia en el poder, pasando su propia nieta a ser reina consorte de España y posteriormente su bisnieto (y bisnieto a su vez de Alfonso XIII) en rey de España. De haber sido así, la familia Franco habría pasado a convertirse en familia real. Algo similar, salvando todas las distancias, a lo que Napoleón Bonaparte realizó con su familia cuando el general corso asumió el poder en Francia ¿Por qué no lo hizo el Caudillo? Es una de las muchas preguntas difíciles de responder cuando se habla de la persona de Franco, cuya figura siga llena de enigmas medio siglo después de su fallecimiento. 

¿Acaso no hubiese sido más beneficioso para el régimen, para el futuro de la familia Franco y para el legado del propio dictador haber designado a su nieto político como sucesor? ¿Qué mayor prueba de fidelidad a él había que la de un matrimonio con su propia nieta? un matrimonio con el cual se fusionó en primer lugar los apellidos de las dos familias y, una vez nacidos los hijos del matrimonio, se habría garantizado la continuidad de los Borbones-Franco en el poder tras el fallecimiento del general en noviembre de 1975. Alfonso de Borbón era además mucho más conservador de lo que ya dejaba entrever Juan Carlos cuando concedía entrevistas a medios extranjeros en un tono más aperturista de cara al futuro.

Sin embargo, y a pesar de las fuertes presiones familiares, Franco fue firme en su decisión y jamás cedió ante la posibilidad de ver cumplido el sueño de su esposa, Carmen Polo: ver coronar a su nieta como reina de España. Juan Carlos, así como su entorno, también movieron ficha en aquellos momentos, cuando tuvieron conocimiento de la operación que se había puesto en marcha desde El Pardo. 

Por otra parte, es obvio que Franco no era tonto y sabía perfectamente que el franquismo sin él no tendría continuidad o, al menos, sufriría unos cambios importantes, con independencia de quien fuese su sucesor. Así se lo hizo saber a Juan Carlos cuando, siendo ya Príncipe de España, éste le preguntaba el motivo por el cual no cedía algo ante los contrarios al régimen, a lo que Franco le respondió que de eso ya se encargaría él cuando fuese rey, ya que él tendría que gobernar en una España muy diferente a la suya. 

Es obvio pues que Franco sabía que lo que vendría después de su fallecimiento era, cuando menos, muy diferente a lo que él había creado. Lo que ignoro es hasta qué punto sabía el alcance que ese cambio iba a experimentar España tras su muerte. ¿Por qué, probablemente, no designó a su nieto político como su sucesor? Puede que quizás pensase que designando a Alfonso de Borbón, España correría el riesgo de sufrir una revolución como la vivida en Portugal en 1974, y ello habría supuesto un final más drástico para su propia familia, una vez que él ya no estuviese. Quizás lo hizo para salvar en cierta forma a los suyos. 

En lo que respecta a Juan Carlos ya sabemos lo que hizo tras ser proclamado rey, pero ¿Qué habría hecho Alfonso de Borbón? ¿Habría seguido con el régimen de su abuelo político o habría cedido en algo? ¿Habría actuado finalmente igual que su primo Juan Carlos o habría conducido a España a otro sistema diferente al que surgió en España con la Constitución de 1978? Como antes he añadido, Alfonso era más conservador que su primo Juan Carlos e incluso más proclive a los Principios del Movimiento Nacional. De haber sido rey, probablemente la Transición nunca hubiese existido, o al menos, no como realmente ocurrió. Obviamente, todo esto son conjeturas y preguntas sin respuestas, propias de escenarios alternativos y ficticios, pero son a su vez conjeturas y preguntas intrigantes sobre un contexto que podía haber sido y no fue. 

Son pues muchas las conjeturas y las preguntas sin respuestas que nos llevan a plantearnos qué habría ocurrido después del 20 de noviembre de 1975. Es obvio que la Monarquía con Alfonso de Borbón habría sido muy diferente a la liderada por Juan Carlos I. Es probable que la oposición franquista, hubiese sido más hostil (o quizás no) de pactar una transición hacia un sistema democrático (si es que dicha Transición se hubiese producido con Alfonso), ya que podrían haberse excusado en no pactar con una Monarquía, no ya impuesta por Franco, sino compuesta por su propia familia. 

Esto podría haber dado lugar a una Transición (insisto, contando con que dicha Transición hubiese ocurrido) mucho más tensa e incluso a un contexto social y político más polarizador y divisivo, el cual puede que nos hubiese conducido a una nueva intervención del ejército e incluso quién sabe si también a una nueva Guerra Civil, aunque estando los estadounidenses ya instalados en España, dudo bastante que este último escenario se hubiese producido, ya que Washington habría intervenido a la primera de cambio. 

Quizás la Monarquía alfonsina hubiese podido sobrevivir si los Borbones-Franco se hubiesen amoldado al escenario posterior al fallecimiento de Franco y hoy podrían seguir reinando en España los descendientes del Generalísimo. O quizás dicha Monarquía habría acabado en fracaso, lo cual unido a un posible rechazo internacional y a la posible oposición agresiva de los contrarios al franquismo, los acontecimientos se hubiesen precipitado y España podría haber pasado poco después de la proclamación como rey de Alfonso de Borbón a una Tercera República donde los Borbones y los Franco habrían pasado definitivamente al exilio y alejados del poder. 

Lo que es obvio es que en esa España alternativa, el desarrollo y la decadente situación que actualmente padecemos en nuestro país serían muy diferentes... o quizás no tanto. Nunca lo sabremos, ya que son conjeturas y preguntas sin respuestas. El que sí sabía, o al menos intuía en gran parte esas respuestas, fue el propio Francisco Franco, y esas respuestas se las llevó él a la tumba sin compartirlas con nadie más.